I
Los
ojos de Alai-Cieln Naibel Dorin miraron fríamente a los mon-keigh
capturados, la mayoría bajó la mirada, uno de ellos la mantuvo
firme e impasible, desafiándole. Un segundo no apartaba los ojos de
este primero. Finalmente, la pareja de marines lo miraron con
odio.
Alai-Cieln
caminó frente a ellos lentamente, buscaba que grabaran en sus
retinas su aspecto. Alto, fuerte, con una larga melena dorada que
caía sobre sus hombros, ojos azules, delicadas cejas que se
contraponían a lo aguzado de sus pómulos. Su boca era pequeña con
labios finos y pálidos. Sus dedos eran largos y por ello parecían
más huesudos de lo que correspondería a un Eldar de su
constitución. Vestía una túnica bastante escueta que mostraba su
pecho, le encantaba mostrar su espléndida forma física, y calzaba
unas simples chanclas.
Se detuvo frente a los marines. Aún
en condiciones normales tendrían que mirar para arriba si quisieran
mirarle a la cara, pero ahora los habían despojado de sus armaduras
y los mantenían de rodillas con las manos inmovilizadas a su
espalda.
Alai-Cieln no alcanzaba a comprender la totalidad de
los planes del vidente Alai-Fennairm pero había salvado las vidas de
los mon-keigh en aquel planeta infestado de orkos, por ello ahora una
cantidad ingente de vidas de esa raza se encontraban abordo. Lo único
que le encontraba un valor estratégico era esa precaria navecilla
donde habían llegado los marines. Pero Fennairm veía mucho más
allá del común de los Eldar. Cieln podría urdir un plan intrincado
pero no sabría de los giros del destino, así es que con los años
había aprendido a confiar en cierto grado en sus intrigantes
consejos.
Le mantuvo la mirada unos momentos y se dirigió al
marine en un Gótico rudimentario:
—No hablo bien tu
idioma, pero espero que comprendas esto.
—¿El qué? escoria
xenó —interrumpió el marine–. Que sois unos caprichosos, Fingís
salvarnos para luego apresarnos, no xenó, a mi no me engañas —el
enorme hombre se había incorporado.
—Lo que veo es que tu
mente esta confuso... perdón, confusa. Si quisiéramos veros muertos
nos hubiéramos limitado a mirar como moríais patéticamente frente
a esos orkos. Sin embargo, pagasteis nuestra ayuda con fuego de…
daka daka... —el marine, preso de la rabia, trató de abalanzarse
sobre el Eldar, pero el guardián que lo vigilaba lo obligó a clavar
la rodilla en el suelo.
Alai—Cieln
sonrió disfrutando de la situación.
—Suelo
confundirme con el bolter de los orkos, son tan rudimentarios ambos
—hizo una pausa—. Es evidente que no queréis negociar, ni entrar
en razón. —Miró
al Eldar que los mantenía de rodillas—. Llevaos a esta escoria
—dijo ya en Eldar a los guardianes.
Cuando sacaron de la
sala a los campeones del Emperador Alai-Cieln se dirigió al otro
mon-keigh que mantuvo la mirada.
—Dime,
humano, ¿también piensas que disparar contra tus salvadores era una
buena idea?
—No, al menos desde un punto de vista
táctico.
—Bien, supongo que como militar sabes lo que es
obedecer órdenes.
—Supones bien, xenó.
—¿Tanto te
cuesta pronunciar Eldar, mon-keigh? El idioma de tu raza es tan burdo
y sencillo que muchos lo aprendemos como parte de nuestras sendas de
la guerra, como el orko. Sencillos y carentes de vocabulario. Con la
infinidad de razas que habitan la galaxia, solo tenéis una
palabra... así nunca... —Dijo con fingida molestia en tono
paternal.
—Para xenó, soy tu prisionero, no alguien al que
puedas aleccionar.
—Magnífico, perspectiva... ¿quieres que
vaya al lunar?
—Se dice grano, xenó. Y sí, es lo que
quiero.
—Bien, como dije, sigo órdenes. Debes elegir quien
vive y vuelve al imperio.
—¿Donde esta la trampa xenó?, si
fuese así diría que todos.
—Puedes elegir entre los civiles,
los marines o tus hombres. Si no hubieseis abierto fuego... tantas
vidas malgastadas... —dijo ahogando una mezcla de furia y dolor—.
Ahora mismo estaríais en Terra rezándole al emperador o esas cosas
que hagáis los mon-keigh.
—Ni los civiles ni la guardia son
responsables de esa acción.
—Y...
¿los marines aceptarían que sus acciones condenaron a todas esas
vidas? —preguntó Alai-Cieln con tono de saber la
respuesta.
—Ellos no las valoran del mismo modo, creerán que
murieron por el emperador.
—Entonces... ¿sacrificarías a los
marines?
—No puedo elegir... son demasiadas vidas... —el
hombre bajó la mirada con aire derrotista.
Alai-Cieln se
irguió al ver entrar al vidente Alai-Fennairm. Este le habló en su
idioma natal.
—¿Que han elegido?
—No se ve
capaz.
—Solo necesito unos pocos, ofrécele el sacrificio
personal.
—Como gustéis mi vidente.
Alai-Cieln posó
la mano sobre el hombro de aquel hombre.
—Hay una opción
de que salves a todos.
—Realmente sois perversos, nos engañáis
para que aceptemos vuestros planes... no me engañas, pero si con
ello los salvo... —tragó saliva—. Quiero tu palabra Eldar.
—Tú
y un grupo de voluntarios os quedareis aquí. Tienes mi palabra,
seréis mis invitados —dijo con un tono frío como el
hielo.
—Cuente conmigo mi señor —se apresuró a decir el
joven que lo observaba. El hombre sonrió frente a la fidelidad del
recluta, cerró los ojos y asintió con la cabeza
levemente.
Alai-Cieln hizo un gesto a los guardianes para que
los soltasen. Luego tendió una mano al hombre.
—Mi nombre
es Alai-Cieln Naibel Dorin, Y estás abordo de una astronave del
mundo de Alaitoc.