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miércoles, 2 de noviembre de 2016

Maquina de escribir

     El crepitar del cigarrillo, el crujido del papel bajo el trazo del bolígrafo.
     Las manos vuelven rápidas al teclado, comienza una rápida sucesión de crujidos mecánicos.
     —Suena como una ametralladora —caer en el tópico—, una ametralladora cargada con la letal verdad.
     Una nueva ráfaga de palabras mancilla el blanco virginal del folio, el tañido del fin de línea, el golpe seco del nuevo renglón. El silencio de la reflexión, un nuevo crepitar del pitillo y un suspiro gris de humo.
     El sonido obsceno del café al pasar entre los labios, el entrechocar de la porcelana cuando la taza vuelve al plato. Un nuevo trazo sobre el papel y el repicar del dedo desprendiendo la ceniza.
La última descarga de golpes sobre la tinta, el ronroneo de la salida del texto, —¡ja!— la carcajada ahogada de soberbia de quien termina su trabajo y se siente orgulloso.

martes, 10 de noviembre de 2015

Promesas

             —Nos prometieron un futuro brillante, que estudiar sería la clave —Diana se llevó la cerveza a los labios—. Pero lo único que aprendí fue a matar de manera brillante —dejó el botellín vacío y se levantó a por otro.

            La habitación se llenó de música mientras ella volvía con dos cervezas frías, estiró una a su compañera y volvió a hundirse en su sillón.


            —Crecimos en una sociedad que salía de una crisis, que recuperaba la esperanza y miraba a un futuro incierto que comenzaba a dibujarse como un lugar mejor —suspiró cansada—. Una búsqueda... una transformación en seres de luz, pero solo vivíamos otro desengaño. Quedaban muchas facturas por pagar y los acreedores querían sangre —su mirada se perdía en su brazo de metal—. Y eso les dimos, porque el futuro brillaba con las llamas de la decadencia. Nos fusionamos con la máquina, la abrazamos para no morir. Nuestros miedos nos dominan, caemos en la auto-complacencia y nos bebemos nuestras mentiras. ¡El futuro es cromado! —exclamó sin demasiada convicción.

            Sus uñas de metal habían ido aflojando la chapa que cerraba la botella con cierto descuido, finalmente se desprendió. La botella pasó a la mano de carne y con esta se la llevó a los labios. Mientras, su mano biónica doblaba sobre sí misma la chapa hasta reducirla a un cuarto de lo que había sido; con dos dedos la aplastó hasta dejarla plana.

            —Esta es la buena, ya verás.

            Un último pliegue la convirtió en una pequeña pirámide, dejó a un lado su bebida y ayudándose de la carne colocó la chapa sobre la muñeca. Estiró el brazo e hizo puntería, la prótesis se abrió y con un golpe secó salió una cuchilla tan larga como el antebrazo; esta lanzó la chapa contra un tablón donde se clavó en su totalidad. Unos círculos hacían de blanco, el impacto había quedado bien centrado y bien agrupado respecto a los otros.


            —Ahora todo eso ha terminado y nos plateamos por qué hemos luchado tanto por un futuro que solo nos ha entregado miseria, miseria de silicio y acero, pero miseria al fin y al cabo —bebió un largo trago y terminó con un sonoro eructo—. Ahora nos prometemos un futuro brillante, donde estudiar sea la clave. Pero yo me pregunto si ese brillo será el reflejo del fuego sobre el metal o de las luces de neón sobre la carne, o simplemente que dé igual porque hasta que no seamos seres de luz, esos seres de luz a los que deberíamos aspirar a ser, viviremos en un desengaño constante; como polillas hechizadas por una luz al otro lado de una ventana en la que no dejamos de chocar —el chasquido de su brazo al cerrarse llenó su pausa—. Quizás solo hagan falta suficientes muertos contra esa barrera invisible para que se resquebraje y algún día lleguemos a esa luz para descubrir que solo era otra promesa más —Diana se encogió de hombros y volvió a beber, esta vez se guardó sus pensamientos para sí.

domingo, 25 de octubre de 2015

Nunca se gana

            Vladimir era un ucraniano que cumpliría los treinta y seis dentro de dos meses. Para disgusto de su familia paterna nunca se posicionó con los prorusos, lo que granjeó amigos y enemigos por igual. El único rastro de aceptación lo encontró al alistarse en el ejército, algo de lo que no tardó en arrepentirse porque, en 2036, estalló la guerra contra el fanatismo. En el mar de Azov había tantos cadáveres que se podía caminar sobre las aguas; él estaba allí con su patriotismos y un AK frente a un enemigo que lo odiaba por ser protestante. No tardó en perder la fe en la patria, ya que siempre fue ateo.

            Fue en ese lodazal sangriento cuando conoció a Ivan, un oficial dispuesto a ganar aquella guerra. Combatió el fuego con fuego, fue uno de los primeros en darse cuenta de que aquella guerra no podría ganarse sin algunos crímenes; muchos creyeron que no tenía alma, pero la realidad es que la sacrificó para formar una sólida defensa.

            Años después Ucrania les pagó una miseria, les colgó un puñado de medallas y los nombró salvadores de la patria. Ivan, Vladimir y Sergei se vieron con una mano delante y otra detrás, pero Ivan era un demonio astuto dispuesto a sobrevivir a lo que viniese. Juntó a quien estuviera dispuesto a seguirlo y creció rápidamente en el próspero negocio del tráfico de armas.

            Dos años después, en 2050, Vladimir era su mano derecha y tenía el encargo de hacerse con el acceso al océano Atlántico. Viajo hasta la piel de toro, aprendió su lengua y comenzaba a hacerse fuerte en A Coruña, hasta ahora.

            Acababa de toparse con la reencarnación de los tercios viejos o simplemente a alguien más loco que él. Le habían jodido y en el proceso había pasado a cuchillo a su ejército personal. Ya no tenía fuerzas para presionar y tuvo que aceptar las migajas que aquel gilipollas le ofrecía.

            Se alisó la americana y miró la carta; no sabía qué esperaba encontrarse en aquella pizzería aparte de pizzas. Pasó los ojos de forma vaga por la carta y mandó a sus chicos a pedir, pues él debía hacer una llamada. Sacó su teléfono, suspiró sabiendo lo que venía y marcó.

            —Hola, ¿Ivan? —alguien respondió al otro lado—. Tengo noticias, algunas buenas otras malas —una mueca cruzó la cara de Vladimir—. Sí, señor. Las malas son que he perdido a casi todos los hombres, aún no sé la cifra exacta. Nos han expulsado de casi todos los mercados —apartó el teléfono esperando gritos, pero solo recibió una voz fría y cortante—. Señor, tenemos la exclusividad de las armas siempre que no sean nada NATO, no debería ser un problema ya que terminamos con ese material —la voz de Ivan se relajó—. Sí, señor. Me encargaré de que tengan un entierro digno. Murieron luchando señor, su pundonor está intacto —Ivan colgó.

            Vladimir se frotó el rostro y permaneció en silencio esperando su cena.

jueves, 10 de septiembre de 2015

Todo tiempo pasado fue mejor

            La luz se refractaba a través del líquido ambarino para acabar proyectándose sobre la madera cuarteada y combada de la barra. Unos dedos parsimoniosos hicieron girar el vaso sobre su eje dibujando un circulo húmedo. Esos mismos dedos lo elevaron por el aire hasta verter su contenido entre dos labios pálidos; el líquido pasó calentando el paladar y enfriando el alma. La lengua se deslizó entre los labios y los dedos devolvieron el vaso a la barra con un empujón que borró el circulo de la mesa y lo transformó en un trazo de caos.
            Rascó la cartera, tiró sobre la barra unas monedas que bailaron con destellos de plata y bronce. Mientras se encaminaba a la puerta se cruzó con el camarero que se afanaba en cargar la cesta del lavaplatos y con un gesto de la cabeza le dijo:
            —Te dejo eso encima de la mesa, quédate el cambio —el camarero asintió y siguió a lo suyo.
            Ya en la calle sacó el paquete de tabaco, lo golpeó contra sus dedos, tomó el más prominente de los pitillos con sus labios y cambió el paquete por el mechero. Prendió el cigarrillo cubriendo la llama con las dos manos, dio la primera calada y soltó el humo por la nariz, mientras guardaba el mechero.
            —Ya no hacen camaretas como antes... —se lamentó para sí.
            Caminaba calle abajo quemando su salud en bocanadas de humo y resoplando con desprecio a todo lo que veía e interpretaba de la peor forma posible.
            —Mira esos pimpollos besuconeándose por ahí... esta juventud.
            Dio una larga calada, sus pulmones se anegaron de nicotina a lo que su cuerpo reaccionó tratando de liberarlos con una fuerte tos. Fue el centro de atención de las pocas personas que caminaban por la calle a esas horas, que se olvidaron de él en cuanto se repuso con un último carraspeo. Miró a su pitillo, lo tiró al suelo y lo pisoteó:
            —Ni el tabaco es lo mismo, ¡ya no se puede ni fumar! ¿Es que no queda nada bueno en este mundo?

lunes, 24 de agosto de 2015

Sobre camas, haikus y Bukowski

Hoy me tomo la libertad de cambiar el tono del blog. No lo toméis muy en serio.



¡Oh, cama mía!
De blancas sábanas y blanda almohada.
De regio cabezal y profuso aplauso.

¿En dónde yacería yo?,¿dónde si no fuera en ti?
De amplio entorno, extenso territorio.
Llanura cálida donde rodar, soñar y sudar.

¿Dónde descansaría yo?,¿si no fuese en tu abrazo?

***

Lubricar el pene con tequila.
Blanco escozor.
Vertimiento profundo.

miércoles, 15 de julio de 2015

Corre, ve y dile

            La llama del mechero rasgó la oscuridad oculta tras una mano. Un par de caladas y el cigarrillo prendió. Ahora, el ascua flotaba como un punto de luz en medio de la habitación.



            —Enciende la luz y no fumes en la cama —se ordenó a sí misma.

            Con su pie descalzo reguló la luz para no deslumbrarse. Fue hasta la ventana, pulsó un botón y el cristal se volvió transparente. Pulsó un segundo botón y los titulares aparecieron en el cristal. Los fue pasando con gestos de la mano mientras consumía su cigarrillo. Llegó a la sección de sucesos locales y dejó salir un suspiro cargado de humo.

            Apagó el servicio de noticias, se puso unos pantalones y se calzó. Ya en la calle tiró la colilla en un sumidero y puso en marcha su coche. Las luces nocturnas se iban reflejando sobre el parabrisas del vehículo y su luna se extendía hasta el techo, confiriéndole una gran visibilidad.

            Cuando llegó a su destino se acercó caminando hasta el “Dark Caiman”, un restaurante con pista de baile que conoció mejores tiempos. El cartel de neones zumbaba con cada parpadeo en una calle cubierta de charcos y carente de personas. Por  dentro padecía esa vejez que hace parecer a las cosas sucias. Buscó una mesa donde sentarse y pidió sin consultar la carta.

            Antes de terminar la cena le entregaron un sobre con una foto dentro. Según iba sacando la imagen, en tres dimensiones, cogió volumen. A la foto le acompañaba una tarjeta desechable con sus honorarios y una dirección.

            Terminó la cena y regresó a su coche; desde allí fue a la dirección indicada y recogió el paquete. Rodando a gran velocidad sobre el asfalto vio por el retrovisor cómo se acercaba a su zaga otro coche con las ventanillas oscurecidas en su cara exterior.

            —Hora de ganarse el sueldo —aceleró el vehículo.

            El motor gruñó mientras ganaba velocidad, pero no era suficiente; el otro  coche era igual de potente. Buscó despistar a su perseguidor con un volantazo, así que hizo un giro inesperado a la izquierda. Los neumáticos rechinaron sobre el pavimento y las hojas de un seto cercano se mecieron con el paso del segundo vehículo, que logró el giro a duras penas.

            Corrían por una calle estrecha; aquello fue la oportunidad para recupera la velocidad perdida. Se lanzó a ciegas por un cruce transitado, pero esto no logró intimidar a su perseguidor.

            Realizó un nuevo giro para cambiar de dirección, marcando el asfalto con los trazos paralelos de la goma; otro acelerón en la recta y enfiló un cambio de rasante mientras las luces nocturnas se volvían un borrón de colores y su vista solo veía un túnel frente a ella.


            El instante en que el coche voló sobre el cambio de rasante fue eterno. Se cortó por un brusco aterrizaje. Oculta por ese desnivel tomó un último giro y se deshizo de quien la siguió durante  unos intensos minutos. Luego entregó su carga.

domingo, 3 de mayo de 2015

Jubón dorado

            —¿Es esto lo que buscabas con tanta ansia? —el hombre dejó caer a sus pies el jubón bordado en oro; su voz demostraba amargura.—. ¿Te das cuenta de que no merece la pena? ¿Cuánta sangre vas a derramar?
            —La que sea necesaria —Sigmund mostró sus colmillos y llevó su mano enguantada al pomo de su arma—. Ahora apártate, tengo mucho por hacer.
            —Sabes que no puedo, solo te pido que ceses tu matanza.
            —Sabes que no puedo —Sigmund desnudó su acero.

            El otro hombre lanzó una rápida oración a su dios y con un gesto encantó su arma con rayos. Del filo comenzaron a saltar arcos voltaicos sobre las superficies de metal. Con dos rápidos pasos se lanzó sobre Sigmund en un larguísimo fondo que se vio desviado por media pulgada.

            —Necesitarás algo más que eso —el vampiro sonrió de lado.

            Sigmund, con un giro de muñeca, atrapó el arma enemiga con los gavilanes de la propia, estiró el brazo y dejó que la punta de su arma se hundiera lentamente en el hombro de su adversario.

            —Ni los rayos, ni el honor de tu dios salvará tu vida hoy, serás mi banquete —dijo mientras seguía clavando el acero en el herido.

            Espoleado por el dolor, el hombre jugó una baza arriesgada. Liberó su arma dejando que ensartaran su hombro y deslizó la afilada espada sobre el pecho de su enemigo.

            —¡Crakaboooom! —restalló el hechizo al ser descargado lanzando a los dos contendientes por el aire.

            Sigmund se levantó con cara de resignación y dejó un hueco en su guardia, guiñó un ojo y llamó con la mano a su rival. El hombre, herido pero no derrotado, se lanzó a por el vampiro que simplemente dejó que el acero lo empalase.


            —Deberías saber, que pese a que me duele, eso no me detendrá —Sigmund mostró sus colmillos. Con su fuerza sobrehumana agarró al hombre con la mano libre y con su arma atravesó a su adversario—. Como dije, solo eres mi cena.

miércoles, 25 de febrero de 2015

Citar a la R.A.E. para atraer visitas.

grey.
(Del lat. grex, gregis, rebaño).
1. f. Rebaño de ganado menor.
2. f. Ganado mayor.
3. f. Congregación de los fieles cristianos bajo sus legítimos pastores.
4. f. Conjunto de individuos que tienen algún carácter común, como los de una misma raza, región o nación.

Fuente: Aquí

50 sombras de el ganado.

lunes, 5 de enero de 2015

Lady Erika señora de Azlan, la Leona Azul

            Erika fue criada en una familia de tradición militar de Enor; ya de pequeña se familiarizó con las armas y armaduras. Con dieciséis años entró a formar parte de la guarnición de la fortaleza de Azlan. Para ese momento estalló la guerra contra la Sombra Roja y la fortaleza de Azlan se vio asediada por largas e innumerables huestes tratando de tomarla; como buena fortaleza Enoriana sus muros soportaron los envites de los semi-dragones rojos.

            El desgaste del asedio fue acabando con la línea de mando mientras Erika hacía méritos entre las almenas de Azlan. Esto la llevó a una carrera meteórica en la que acabó liderando a las fuerzas que reciamente no daban su brazo a torcer.

            Durante este tiempo, en el que desesperadamente aprendió algo de magia del libro de un mago que había perdido la vida durante el asedio y vendió cara la fortaleza, le supusieron el sobrenombre de la Leona de Azlan. Pero se enfrentaban a un enemigo muy superior y, pese a toda la sangre derramada las huestes de semi-dragones, estos engulleron la fortaleza de Azlan como un golpe de marea que acaba por sobrepasar un dique.

            Los siguientes años se convirtieron en el martirio de los supervivientes, cebándose especialmente en las mujeres que eran sometidas a terribles rituales mágicos destinados a dejarlas encinta para crear una nueva generación de semi-dragones. Las que engendraban a las criaturas morían de forma horrible. Erika fue llevada a aquellos rituales en más de una ocasión, pero por alguna clase de milagro —ella lo achaca a la protección de Wee-Jas— nunca surtieron efecto sobre ella, salvo el volver su pelo de color azul —de ahí su sobre nombre—.

            Tras casi diez años de confinamiento, ella y el resto de prisioneros lograron escapar de las celdas al resguardo de la noche. Amotinados, dieron muerte a los semi-dragones que los confinaban y, por último, al dragón rojo que había hecho de Azlan su hogar.


            Como recompensa, Enor concedió títulos y propiedades a los cabecillas de aquella revuelta. En el caso de Erika, el título de Lady y la propia fortaleza de Azlan, lugar donde fundó la orden de caballería del mismo nombre. Los caballeros Azlan son la forma que tiene Lady Erika de agradecer la protección de Wee-Jas cuando más la necesitaba.

viernes, 26 de diciembre de 2014

Daiki, el Caminante del Ocaso

          Daiki es un hombre de más de 90 años que sigue rebosando energía; años de aventuras y luchas no han logrado hacer mella en su carácter.

          En su juventud sirvió a un noble, pero la familia de este tuvo un trágico final. Daiki guardó el sepulcro de su señor junto con otros samurais fieles. Los meses se sucedieron y aparecieron los guardias de los huesos.

          La batalla fue encarnizada. Al verse sorprendidos, los samurais lucharon sin sus armaduras; muchos perdieron la vida y el resto el honor al ser derrotados fallando a su juramento.

          Sin señor ni honor Daiki, junto a los supervivientes, se pertrecharon para marchar tras los guardias de los huesos. Atravesaron el portal y se adentraron para siempre en las calles de Orig'Nak.

          Los años han pasado y Daiki es el último de ellos. Ha luchado contra los horrores que los guardias de los huesos sembraron por la ciudad ya antes de la llegada de los misioneros de Pelor. Su destreza con el sable y su origen le han granjeado el sobrenombre del Caminante del Ocaso.

          Siendo un sablista de leyenda y con una gran cantidad de tesoros acumulados durante su larga vida se retiró a una pequeña tienda cediendo así el relevo a los misioneros de Pelor.

          Tras la aparición de los aventureros del Gremio Daiki ha trasladado su tienda a la sede de estos; espera reunir una buena suma de dinero con la que contratar y equipar a algunos mercenarios para acudir en ayuda de su tierra natal y así poder descansar sus últimos días allí.


          Quizás tanto tiempo fuera de su hogar hace que tema regresar a un lugar en el que ya no encaja o simplemente busca a un heredero digno de su espada al que pueda adoptar, para que el formidable sable —katana en realidad— siga bebiendo la sangre de los malvados.

viernes, 5 de diciembre de 2014

Sir Gregory y el escudero Martin

           El caballero sir Gregory, oriundo de Enor, siempre ha lucido un buen porte viajando por los seis reinos desde su juventud. Empujado por los horrores de la guerra, con apenas doce años, sus padres murieron dejándole como única herencia un título nobiliario. Adoptado por su tío abuelo Helmut pasó largas horas entre libros aprendiendo historia y geografía.

           Al cumplir los dieciséis años, su tío abuelo Helmut murió a causa de su avanzada edad; cuando el tío de Gregory heredó, lo puso a entrenar duramente con la espada. Consideraba que todo hombre que se precie debe saber empuñar una, así que a sus veinte años Gregory era diestro con todo tipo de armas. Mas, cansado de convivir con un tío que se divertía mofándose de él, un día ensilló su caballo y partió en busca de fortuna en una Enor destrozada por la guerra. Duras batallas se acumularon durante esos años de viaje y él mismo participó en una de las más cruentas, defendiendo un templo de Wee Jas, de la que fue el único superviviente. Esta experiencia lo llevó a iniciarse en el uso de la magia y aprender sobre su teoría.

           Hacía sus veinticinco años, y ya con algo de dinero en el bolsillo, conoció a un huérfano llamado Martin, quien había sobrevivido siendo apenas un niño hasta los once años. Así que lo acogió como su escudero transmitiéndole todo cuanto sabía sobre el acero y la magia.


           Cuando Martin cumplió los dieciséis años, ensillaron sus caballos y volvieron a los caminos de Enor. Algunos meses después llegó a sus oídos la formación de una nueva orden de caballería liderada por una mujer, de la que se decía que había dado muerte a un dragón. Sin más preámbulos cabalgaron hasta la fortaleza y presentaron sus aceros para servir en la recién formada orden en su búsqueda de antiguos artefactos mágicos.

viernes, 28 de noviembre de 2014

Esparcimiento

           Se ajustó los vaqueros, anudó sus botas y salió del vestuario. Si nada se lo impedía dejaría de ser la mayor en unos metros para ser simplemente Isabel, Isa —Isis, mote que la perseguía desde el colegio—. Bajó por las escaleras mientras notaba cómo el pelo le goteaba sobre los hombros; apenas se lo había secado, solo quería irse a casa y tirarse en su sofá con un buen libro.

           Al pie de las escaleras el sargento la para con ganas de terminar el debate filosófico que surgió durante la misión. Isa mira a la puerta resignada; es justo, no merece la pena crear una tirantez por algo que ella misma empezó. Cuando terminan hunde sus dedos en su pelo seco y vuelve a encaminarse a la salida.

           Ya puede notar el aire fresco que entra por la puerta sin cerrar. Pisa los largos rectángulos que dibuja el sol en el suelo y se imagina el alivio de aquel blando, caliente y acogedor mueble. Quizás podría pedir unas pizzas, llamar a alguien y charlar hasta bien entrada la noche; o, simplemente, hacerse un ovillo con una manta y dormirse viendo series.

           Uno de los operarios a sus ordenes la detuvo; la requerían para terminar un tema de papeleo. Con el umbral de la puerta en la punta de sus dedos se giró y fue a terminar lo que se le pedía. Sin ya muchas ganas terminó de teclear el informe y lo envió. Se llevó a los labios el café que le trajo su subordinado, pero se había enfriado.

           Era noche cerrada; casi arrastrando los pies llegó a la puerta que se había cerrado. Con mirada furibunda buscó a quien estuviese de guardia.

           —Mi mayor —la llamó el sargento.
           —¿Qué? —masculló.

           —¿Unas pizzas?  

viernes, 7 de noviembre de 2014

Acordes de acero

           Las horas del día habían transcurrido lentas arrastrando un sol de justicia por el público, quemándolos y deshidratándolos. Luego la noche se prolongó entre extensos retrasos, pero ellos, incombustibles, seguían de pie, coreando los nombres de quien tocaba, en una lealtad que partía el alma cuando se defraudaba.

           Era nuestra hora, caminamos sobre las tablas del escenario. Un mar de sudor y cansancio llenó nuestras fosas nasales. Aquella gente no sólo había pagado la entrada, si no que se entregaba a la música.

           Por un momento noté como mi viejo amigo, el nudo de cada concierto, me deseaba buena suerte.

           Deslicé mis dedos por la madera del mástil, todas las horas de ensayos se redujeron a un chispazo en mi nuca que afloró una sonrisa estúpida en mi rostro.

           Preparé la púa y mis yemas aprisionaron el acero tensado que comenzó a vibrar a mi mando. El público respondió con un rugido atronador y las luces desataron los rayos de aquella tormenta.

           Mi mente se centró en la cascada de notas, eran fuego que prendió mi alma una noche más y fue arrebatándome la sensibilidad del cuerpo.

           Sólo había lugar para otra muestra de pasión, el fuego se tornó en hielo que enmudeció a la jauría, pero ya no podía parar, sólo tenía tiempo para otro compás, otro recuerdo hecho música. Lo dejé salir todo hasta que el agotamiento hizo mella en mí.

           Abrí los ojos que me picaron por el sudor que me corría por la cara, y un millar de miradas bramó mi nombre.

           Alcé el puño y dejé caer mi cabeza. Me sentía como un campeón que lograba su ansiada victoria.

           Por un instante fui un dios.

viernes, 31 de octubre de 2014

Mayo de 2042

            Desde la ventana podía ver el océano, inmenso y agitado, su fuerza me inspiraba y me recordaba mi humilde condición. A lo largo de la tarde fui viendo cómo las nubes de tormenta se acercaban precedidas de una lluvia fina y ráfagas de viento.

            Cuando cayó la noche, una calma tensa cubría la ciudad; era incluso poético. Bajamos al aparcamiento y nos subimos al coche, intercambiamos una pocas palabras mientras nos movíamos por la ciudad. Apenas tres minutos de recorrido. Pasamos bajo el paseo del puerto deportivo y salimos al otro extremo en una calle que subía en curva, dejando a mano derecha los barcos de recreo. Giramos a la izquierda entrando en el casco antiguo de la ciudad y pasamos cerca de una plaza. Las calles estaban desiertas por la amenaza de lluvia y todos se refugiaban en los pubs de la zona. Detuvimos el coche junto a una iglesia románica del siglo XII, ahora transformada en una vulgar discoteca; permanecimos allí aparcados hasta que se llenó de gente.

            Era el momento que habíamos esperado. Nos bajamos del coche y sacamos del maletero un par de viejos fusiles. Hace treinta años fueron revolucionarios; ahora, como nosotros que nos negamos a implantarnos, están simplemente desfasados. Nos acercamos a la puerta, amartillamos las armas e intercambiamos miradas. En ese momento comenzó la tormenta, de gotas grandes y abundantes, riadas por las calles y con espectaculares rayos sobre el océano.

            Acomodé el arma al hombro y entramos. La música había comenzado hacía más o menos una hora. El local estaba lleno de esa gente que había destrozado su cuerpo con máquinas; ya daba igual, estábamos allí para corregir su error.

            Apretamos el gatillo. El supresor del arma sonaba como un asmático jadeando. Disparamos y disparamos para redimirlos. Lo logramos.

domingo, 26 de octubre de 2014

Fuerza

Cuando el cuero y la goma,
castigan el asfalto.
Cuando lo peor del hombre,
nos hace fuertes.
La razón nos acusa,
de animales.

sábado, 25 de octubre de 2014

Dolce Vita, centro comercial

            Cristal, acero, hormigón y luces de neón. Así nos ha tocado vivir, no hace tanto que todo estaba más disperso, menos aglutinado.
            —No creo que sea el momento de un discurso sobre lo alienados que estamos —el joven sargento daba un último vistazo al dossier de la misión.
            —Con tu edad no operábamos en los cascos urbanos, han sido diez largos años —la mayor comprobó de nuevo su equipo—. Revisa siempre dos veces el material.
            —Ya lo sé, vamos a necesitar unos limpiaparabrisas en las gafas, esos viejos centros comerciales están llenos de goteras y ha llovido por la mañana —bromeó operario de pelo rubio.
            —La gafas tienen una película que hace que el agua se deslice rápidamente —le corrigió el operario moreno.
            —Dejadlo, estamos llegando —la mayor amartilló su arma.

            El transporte se detuvo tras el cordón policial y la escuadra se desplegó. Entraron por un punto ciego de las viejas cámaras de seguridad y avanzaron en sigilo por los pasillos abandonados del centro comercial. En lo que había sido una tienda de muebles, los terroristas —o supuestos terroristas, hacía tiempo que esa diferencia no era importante— habían echo su acuartelamiento y retenido allí a los rehenes.

            —Recordad, ráfagas cortas y controladas — dijo la mayor antes de llevar su dedo al gatillo—. ¡Asaltad!

            El tiroteo duró unos pocos segundos y la operación algo menos de veinte minutos, la mayor parte de ellos caminando por los pasillos desiertos, llenos de suciedad y goteras. Volvieron a su transporte dejando cadáveres e inocentes confusos aún atemorizados por sus secuestradores.

            —Cristal, acero, hormigón y luces de neón. Así nos ha tocado vivir, teniendo las llaves del paraíso y prefiriendo usarlo de estercolero. No hace mucho, la gente creía que la tecnología nos salvaría.
            —Hoy nos ha protegido, mayor.
            —¿Tú crees, sargento? 

viernes, 17 de octubre de 2014

Transportista

            Las luces del velocímetro se iluminaban sucesivamente. La bestia V10 impulsaba el vehículo salvajemente. El juego de pedales, bajar una marcha y tomar las curvas mientras los neumáticos hacían saltar el agua acumulada en el asfalto; eso era vida. Su corazón latía con las revoluciones del motor mientras su melena ondeaba al viento.

            Le gustaba la acción y no sería la primera vez que su afición por las máquinas caras la llevaba a trabajar como transportista. No disfrutaba especialmente con la violencia, pero sabía disparar y apañárselas en una pelea; ser discreta y nunca preguntar más de lo necesario la convirtieron en una profesional.

            Su contacto la había citado para un nuevo encargo. Era puntual y un tanto estirado para su gusto, pero desde luego ambos formaban un gran equipo. Disfrutando de un buen café, hojeó un periódico desde sus gafas inteligentes. Cuando tuvo la información y la mercancía, se puso en marcha. Conectó la memoria a sus gafas y vio la dirección de entrega.

            Asegurándose de que nadie miraba, escondió el paquete en un doble fondo de su coche de trabajo y comenzó la ruta. Atravesaría el país, así que cargó los datos en el ordenador de abordo. El viaje era tranquilo, tras un par de paradas para comer e hidratarse alcanzó un hostal donde hizo noche antes de seguir.

            El día siguiente se truncó; la seguían. Trató de dejarlo atrás sin llamar la atención, mas todo se abalanzó sobre ella con creciente velocidad. Las calles eran estrechas y las maniobras se complicaron, hasta el punto que el otro vehículo provocó un accidente. De él se apeó un hombre bien pertrechado y, sin mediar más palabra, sustrajo la carga, ahora expuesta, del vehículo.


            —Gracias por el servicio —y le arrojó un sobre con dinero.

domingo, 12 de octubre de 2014

Salud

            Se acomodó sus gafas de sol y arrancó la marcha; hacía unos meses que se había decidido a correr todos los días —tras buscar un terreno adecuado, pues sabía que el asfalto acabaría por lastimar sus rodillas—.

            Era una tarde realmente agradable, el sol calentaba y una suave brisa mecía los arboles. Se detuvo a hidratarse y vio el espectacular horizonte; el océano se extendía eterno, con la silueta de algún barco en la lejanía y las gaviotas volando en lo alto.

            Reanudó la marcha, hoy se notaba rebosante de energía. Comprobó sus pulsaciones y todo era correcto, el trabajo daba su fruto y su cuerpo respondía al ejercicio. Con el ánimo renovado por lo agradable del día terminó su ruta.

            Subió hasta su piso y se dio una placentera ducha, se vistió, mandó un mensaje por un chat de grupo y se fue hasta la cafetería donde trabajaba una amiga. Allí hizo tiempo mientras esperaba al resto del grupo y al cierre se fueron los cinco camino del cine.

            Subieron al coche de uno de ellos, llegaron a tiempo de cenar y entrar a la ultima sesión. Tras la película salieron de buen humor, se acercaron a la zona de bares para beberse una cerveza y comentar cómo les había ido la semana.

            Los primeros en irse fueron la parejita del grupo y quien tenía el coche, ya que estaba aburrido y el no ir a beber lo desanimó a seguir la fiesta. Quedaron quien protagoniza el relato y su amiga la camarera. Fueron por los bares de siempre, bebieron de más y acabaron por besarse en uno de ellos.

            La fiesta siguió y el alcohol no era suficiente; entre besos y tiros de coca acabaron en la cama. El sexo salvaje, impulsado por la droga, los mantuvo despiertos toda la noche.

jueves, 2 de octubre de 2014

Compañeros

            —Puedo oírlo todo, hasta el crepitar de aquel cigarrillo —señaló al otro lado de la cafetería—. Puedo verlo todo, los rasgos de quien mira en aquella ventana —miró a lo alto.

            Su interlocutor siguió la mirada, mas el cristal medio empañado no le dejaba ver si realmente había alguien allí. Se encogió de hombros y bebió un sorbo de su café; el cyborg le daba escalofríos. Hacía poco que trabaja con él y habían quedado para charlar sin la presión que supone el puesto de trabajo, pero se mostraba igual de taciturno que durante el servicio.
            —Me recuerdas a una canción de los Who: “I can see for miles, and miles, and miles...” —Alberto se obligó a sonreír.
            —Es gracioso, era la canción con la que anunciaban mis implantes oculares —una leve sonrisa apareció en los labios del cyborg—. También tengo aumentado el olfato; entre nosotros, es muy útil para elegir buenos restaurantes o, como ahora, cafeterías. Me encanta el café ¿a ti no?
            —Claro ¿a quien no? —Alberto sonrió aliviado viendo cómo su compañero dejaba a un lado su actitud reflexiva.

            Se produjo un silencio y antes de que alguno pudiera romperlo sus teléfonos sonaron. Los llamaban desde Central, acababan de recibir un aviso de un supuesto tiroteo y debían ir hasta allí a investigar lo sucedido.

            —Voy a por el coche, ve pagando los cafés.

            Alberto se dirigió a la barra mientras su compañero salía por la puerta. La llamada era extraña; de tratarse de un tiroteo en marcha llamaría al grupo especial de operaciones, de haber finalizado el trabajo correspondía a la policía científica y, si no se sabía la situación, simplemente a la patrulla más cercana.
            Cuando subió al coche le expresó sus dudas a su compañero, quien se limitó a hacer una mueca y a conducir hacia la dirección indicada. No tardaron en llegar; la gente comenzaba a arremolinarse por la zona y un par de patrullas habían acordonado la zona.
            —¿Resuelve esto tus dudas?
            —Supongo —respondió Alberto sacando una pequeña libreta.

            Los cristales cubrían buena parte del lugar, las luces de neón chisporroteaban entre zumbidos, los agujeros de bala cubrían ambos lados de la calzada, muros y coches por igual presentaban un nutrido grupo de ellos. Tras uno de los vehículos un par de cuerpos cubiertos por sendas mantas.

            —Los forenses están de camino —les informó una mujer de uniforme.

            Entre todos los destrozos encontraron casquillos del .45ACP del lado sin cuerpos y 9x19 mm junto a los cuerpos y las respectivas armas.

            —A juzgar por las agrupaciones y la cantidad de disparos efectuados han usado algún tipo de subfusil —comentó el cyborg.
            —Hace tres años desapareció un cargamento de Super V en el puerto —Alberto se había puesto unos guantes y comprobaba las carteras de los muertos—. Parece que nuestros amigos eran de los Puristas.
            —¿Ese grupo que neutraliza implantados por las calles? No esperes que me den mucha pena, son asesinos.
            —Como quienes les han dado muerte.
            —Claro, dos errores no hacen un acierto —el cyborg olfateó el aire—. Tengo un rastro, vamos.

            Guiados por los sentidos aumentados del hombre máquina, apuraron el paso por un grupo de calles estrechas que bajaban hasta lo que fue el paseo marítimo; el deshielo lo había anegado, las calles estaban cubiertas por agua, barro y los escombros de una barriada casi abandonada.

            Allí no les fue difícil encontrar unas huellas recientes, dos juegos de pisadas que los llevaron hasta un hotel abandonado. Los cristales que se conservaban estaban verdes y las diferentes mareas acumulaban en el recibidor toda índole de desperdicios; el olor a podrido se hizo insoportable.

            Alberto se cubrió con un pañuelo y su compañero no pareció inmutarse; había desenfundado su arma y comenzaba a subir por las escaleras dispuesto a localizar a quien había cometido el doble asesinato. Hizo lo propio y fue tras él para cubrir sus espaldas.

            Las pisadas subían dos pisos más, pero el barro terminaba antes del segundo piso, así que las huellas pasaron a ser pisadas que se difuminaban a cada escalón subido. La moqueta del lugar había dejado de ser roja para tener un tono indeterminado y mostraba abundantes desgarrones.

            El cyborg levantó la mano dando el alto, se asomó para estudiar el piso y, por señas, indicó que se separasen para rodearlo. Alberto asintió, se aseguró de tener una bala en la recámara y tomó el lado izquierdo de la planta.

            Caminó con pasos leves y cercano a la pared; apenas hacía ruido y así alcanzó una puerta entreabierta. Con cuidado se deslizó dentro. Una segunda puerta comunicaba con la habitación contigua y podía oír una respiración agitada al otro lado.

            Salió al balcón; la mampara que separaba ambas habitaciones había sido arrancada por el viento y pudo pasar sin ser advertido. Dentro vio apostado a un cyborg completo de aspecto femenino.
            Se los conocía como completos porque habían sustituido el 90% o más de su cuerpo por partes mecánicas; el aspecto femenino poco tenía que ver con el cuerpo natural del sujeto. Como había sospechado, empuñaba una de las Super V perdidas hacía unos años.

            Aseguró su arma y apuntó:

            —¡Alto, policía! ¡Baje el arma, ahora!

            La cyborg lo miró con dos luces verdes por ojos y disparó contra Alberto con una velocidad y precisión propia de los modelos militares.

            Dos minutos después su compañero entraba; no estaba herido de gravedad, pero la bala le atravesaba el hombro. El cyborg recogió el arma de Alberto y corrió tras la atacante, el olor a pólvora lo guió hasta el tejado. Allí arriba salió al exterior con precaución, el aroma marítimo, los graznidos de las gaviotas y una brisa salada lo recibieron. Vio un destello verde por el rabillo de su ojo y disparó; un compañero herido, el tiempo de dar el alto ya había pasado.

            Corrió de cobertura en cobertura y, finalmente, acorraló a la cyborg completa, antes de poder disparar una segunda apareció a su izquierda.

            Llovieron las balas en aquella tarde de verano.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Leona Azul

            Los pulmones le abrasaban el pecho debido al esfuerzo; su nariz y su boca estaban atascados por la mezcla de polvo y humo. De no ser por la adrenalina corriendo por sus venas se desplomaría por el cansancio, el dolor de sus heridas o simplemente porque sus músculos se rendían.

            Con un bufido ensartó a otro infante, que se abalanzaba sobre ella, con su martillo de Lucerna. La sangre que lo empapaba le jugó una mala pasada y el arma se fue tras el cadáver, cayendo desde lo alto de las murallas en las que luchaba por su vida.

            Echó mano a su espada; otro de los asaltantes terminaba de subir resoplando por el esfuerzo. Lo agarró por la nuca y, según desenvainaba, le golpeó la nuez con el pomo de su arma. Ahogándose en su propia sangré lo arrojó con un gesto seco, por otra de las escalas subía otro atacante.

            Ya con su hoja en las manos la alzó y la hizo girar sobre su cabeza, con un cambio brusco de dirección burló la guardia de su rival golpeándolo en el cuello. Luego imprimió fuerza deslizando el filo por la carne, cortó hasta el hueso y lo apartó de una patada; una fuente roja brotó de la herida.

            El espaldar de su armadura la salvó de una punzada traicionera. Con una mano aferró la hoja de su arma y con la cruz de esta lanzó a quien osaba apuñalarla. El grito de horror precedió a los restos del cuerpo esparcidos por el suelo.

            Y entonces lo vio; aquel conde que los asediaba luchaba con sus tropas para alentarlas. Arremetió con su acero. Desprevenido y sin escolta fue empalado de parte a parte.


            Luego, la cabeza cortada del conde aferrada entre sus dedos los puso en fuga.