martes, 9 de diciembre de 2014

Diario de aventura


          Yo, Arem Holf, me comprometo a que todo lo narrado aquí es veraz y, si algo falta a ello, es porque he sido víctima de un engaño o mala interpretación de los sucesos.

Sexta jornada

           Como decía al final de la anterior jornada el gremio de aventureros dio de lado al grupo cuando encontramos un portal activo. Busqué ayuda por la ciudad pero, salvo ofertas de consuelo —propias de débiles que rehúsan actuar— no encontré nada a tiempo. Con mis compañeros iba un sacerdote de Pelor llamado Antonio.

           Antonio fue una joven promesa: canalizaba desde niño la luz de Pelor y mostraba una gran soltura con los idiomas; cuando fue adulto ya hablaba seis de ellos. Con una mente hábil y las bendiciones de Pelor creció fuerte y sano, hasta que una desgracia ocurrió en su vida. Un día, limpiando el órgano de la gran catedral de Rockaxe, cayó abriéndose la cabeza. Desde ese día no volvió a ser el mismo, llegó a firmar como “Hantonío” y su dominio de las lenguas se entumeció.

           Como es lógico, saber que los acompaña un fatuo no me tranquilizó lo más mínimo. Mientras me devanaba los sesos en cómo conseguir una forma de sacar a mis compañeros de allí recibí una carta del gremio. En la carta se requería mi presencia para realizar el pago por la exploración de las ruinas élficas. Mi primera impresión fue que alguien se aprovechó de lo ocurrido y quería hacerse con nuestro pago, pero al llegar a la sede del gremio descubrí que no se trataba de eso.

           Mis intrépidos compañeros habían logrado regresar por otro portal, aunque el precio de su hazaña había sido alto. Alejados de la protección de Odín y de sus hijos, con la siempre débil resignación de Pelor como única baliza, la aventura se había cobrado la vida de Kincaid el Sarraceno y de “Hantonío”. Cuando me reuní con Harald y Mudo la cosa no fue todo lo bien que se esperaría para un reencuentro; fallar a la hora de auxiliarlos pareció escusa a Mudo, aunque Harald —mucho más razonable— comprendió mejor lo sucedido. Nótese que pese a que Mudo se hacía el ofendido no le tembló el pulso a la hora cobrar y repartir el dinero; lo único que lamentó fue haber perdido un caballo —ni siquiera el suyo—.

           El gremio —indiferente al portal activo, como ya he dicho— nos pidió que explorásemos la siguiente fortaleza. Dadas las bajas necesitábamos un nuevo grupo así que colgué un cartel en el tablón de anuncios y no tardó en aparecer un semielfo llamado Nathaniel, todo ungido del mismísimo Pelor —semeja que el dios Sol decide intervenir de una forma más directa—. Según me contó durante la entrevista acababa de llegar de las ruinas bajo la fortaleza de “la ultima esperanza”, donde los Guardianes Grises habían caído tratando de explorar el lugar —supongo que el gremio se desentiende de esta clase de problemas con esta facilidad—.

           Nazaliel cayó tan en gracia a Mudo que propuso nombrarlo líder del grupo; afirmaba que el sentido democrático con el que nos regíamos hasta ahora no le gustaba —supongo que tratando de salvarse tras su herejía—. Con sentido común, Nath, rechazó el nombramiento —uno se alegra de que Pelor deje de enviar autistas o tarados a este tipo de trabajos—.

           El segundo en llegar fue el Bravo, quien nos había acompado en otras ocasiones. No me agradó la idea de volver a compartir filas con él, pero es evidente que un guerrero tan fuerte siempre es útil, así que reservé mi opinión para otro momento.

           En tercer lugar se presentó un elfo, un devoto de Bahamut que, tras sus servicios, fue recompensado con un leve acceso a la magia divina —por eso considero que su nombre es relevante—. Responde al nombre de Curufinwë y es uno de esos afamados arqueros elfos.

           Con un nuevo grupo formado y una breve misa en honor a Tyr pidiendo su bendición nos encaminamos a explorar la que decían era la peor de las ruinas; los restos del antiguo templo de Tiamat bajo la sede del gremio. En realidad nos encontramos con un buen numero de pasillos y puertas cerradas mágicamente, nada relevante hasta que, tras una de ellas ,se encontraba un portal activo y escondido bajo un hechizo de ilusión. Si esto no fuese suficiente otro de fuerza nos empujó hasta obligarnos a entrar en el portal.

           Allí dimos con nuestros huesos en lo que semejaba un templo de Fharlanghn descuidado desde hacía tiempo. Por fortuna, Curfigüe es un experto montaraz y supo no solo guiarnos, sino conseguir un buen venado para que comiésemos y sacarnos del bosque donde se encontraba el templo.

           Al linde de este nos esperaba un hombre joven que afirmaba esperarnos. Se identificó como Willpath, un clérigo de Fharlanghn. Según él su dios le dijo que se encontraría con un grupo de aventureros que le ayudaría a resolver un problema con su herencia. Tras debatirlo un buen rato y sin una conclusión firme nos dejamos arrastrar por su promesa de que nos ayudaría a regresar al gremio una vez arreglase sus problemas.

           Willpath era uno de los treinta y algo hijos de William, señor del condado de Willcox, quien organizaba una especie de torneo para elegir a su heredero; buscaba un líder militar capaz de mantener el condado unido y fuerte frente a las posibles amenazas que surgieran en un futuro.


           Si la situación no fuese ya lo suficientemente extraña, el muchacho residía en una casa mágica capaz de caminar por sí sola —ni que decir tiene que el impresionable Mudo quedó encantado con ella—, en la que nos condujo hasta “Fuerte William”, lugar donde vivía normalmente, para presentarnos ante su padre.

Nota: La idea original, así como los personajes que no son Arem no me pertenecen. Esto la adaptación de una partida de rol.

viernes, 5 de diciembre de 2014

Sir Gregory y el escudero Martin

           El caballero sir Gregory, oriundo de Enor, siempre ha lucido un buen porte viajando por los seis reinos desde su juventud. Empujado por los horrores de la guerra, con apenas doce años, sus padres murieron dejándole como única herencia un título nobiliario. Adoptado por su tío abuelo Helmut pasó largas horas entre libros aprendiendo historia y geografía.

           Al cumplir los dieciséis años, su tío abuelo Helmut murió a causa de su avanzada edad; cuando el tío de Gregory heredó, lo puso a entrenar duramente con la espada. Consideraba que todo hombre que se precie debe saber empuñar una, así que a sus veinte años Gregory era diestro con todo tipo de armas. Mas, cansado de convivir con un tío que se divertía mofándose de él, un día ensilló su caballo y partió en busca de fortuna en una Enor destrozada por la guerra. Duras batallas se acumularon durante esos años de viaje y él mismo participó en una de las más cruentas, defendiendo un templo de Wee Jas, de la que fue el único superviviente. Esta experiencia lo llevó a iniciarse en el uso de la magia y aprender sobre su teoría.

           Hacía sus veinticinco años, y ya con algo de dinero en el bolsillo, conoció a un huérfano llamado Martin, quien había sobrevivido siendo apenas un niño hasta los once años. Así que lo acogió como su escudero transmitiéndole todo cuanto sabía sobre el acero y la magia.


           Cuando Martin cumplió los dieciséis años, ensillaron sus caballos y volvieron a los caminos de Enor. Algunos meses después llegó a sus oídos la formación de una nueva orden de caballería liderada por una mujer, de la que se decía que había dado muerte a un dragón. Sin más preámbulos cabalgaron hasta la fortaleza y presentaron sus aceros para servir en la recién formada orden en su búsqueda de antiguos artefactos mágicos.

martes, 2 de diciembre de 2014

Diario de aventura

           Yo, Arem Holf, me comprometo a que todo lo narrado aquí es veraz y, si algo falta a ello, es porque he sido víctima de un engaño o mala interpretación de los sucesos.

Quinta jornada

           Tras un merecido descanso entramos de nuevo en aquel lugar horrible; los Guardias Grises nos negaron el acceso, pues decían que aquello era su responsabilidad —pobres ilusos, realmente creen que Heironeus es capaz de protegerlos, hicieron falta dos deidades mucho más fuertes para que sobreviviésemos, solo espero que su osadía no cueste vidas innecesarias— así que pusimos rumbo a la siguiente ruina élfica.

           Antes de continuar conviene que haga una importante anotación; Sarraceno y Mudo se nos unieron como refuerzos, mientras que Ausente decidió quedarse con los Guardias Grises —al parecer la experiencia cercana a la muerte lo había marcado de algún modo—.

           Nuestro nuevo objetivo era Rockaxe —capital de Enor y hogar de mi tío segundo David Faust—. Decidimos viajar por el oeste pasando por Muronegro; pese a que he vivido gran parte de mi vida en estas tierras no tuve la fortuna de visitar esta urbe, pero estaba en una de las partes más afectadas por la lucha con el dragón así que recorrimos una tierra desolada y triste hasta el casco urbano.

           La verdad es que la cosa no mejoró cuando entramos: edificios destruidos, otros abandonados y una población llena de expresiones tristes —los enorianos son recios, sin duda, pocos pueblos podrían conservar el orden tras pagar un precio tan alto—. Nos detuvimos allí a pasar la noche y a comer caliente; quien haya viajado alguna vez sabrá cómo se agradece una cama y un plato de comida caliente. Kincaid y yo buscamos un hospedaje, mientras Harald y el resto se perdían por la ciudad.

           Tras unas horas encontramos, además de un lugar donde comer, a un mago un tanto peculiar llamado Xian; Xian es un especialista en la identificación de objetos mágicos. Aunque como he visto en mis compañeros, la magia arcana corrompe la cordura de aquellos que la usan; un precio a pagar por quienes violan las leyes de la naturaleza.

           Una vez repusimos nuestras energías seguimos el viaje hasta la gloriosa Rockaxe, el viaje fue tranquilo, el calor del verano y sus días más largos lo hicieron algo más agradable. Ya llegando a la capital de Enor nos cruzamos con los Caballeros Azules, que patrullan los caminos y mantienen el orden en general —una clara señal de que el reino comenzaba a levantar cabeza—.

           Así llegamos a Rockaxe, una ciudad impresionante incluso en su peor momento; con la documentación que nos facilitó el Gremio de Aventureros pudimos flanquear sus puertas —no es de extrañar que sean tan precavidos con quien entra y sale de la ciudad—. Una vez dentro, mientras mis compañeros iban a sus quehaceres, me dirigí a casa de mi tío David.

           Tío David siempre ha sido un devoto del trabajo y de Pelor; estas ocupaciones lo han llevado a seguir soltero durante muchos años. Ahora, más que nunca, emplea sus energías en colaborando con el culto a Pelor para reconstruir las lineas comerciales. Además, es un gran anfitrión; estuvo encantado de acogernos en su casa.

           Allí conocí a Erika, una huérfana de la guerra, a la que tío David —predicando con el ejemplo, como buen devoto de Pelor— dio techo y trabajo en la casa. La verdad es que semeja adoptada, seguramente la ve como a la hija que nunca pudo tener. De hecho, no tardé mucho en tratarla como a mi prima; es de esas personas que se hacen querer, supongo.

           Una vez cumplidos los deberes familiares fui a la gran catedral de Rockaxe — eregida en honor de Pelor— a informar de que al día siguiente entraríamos a explorar las ruinas élficas que alberga su sótano. Luego disfrutamos de una generosa cena; Kincaid se mostraba inapetente y no paraba de hacer preguntas sobre una jovencita que trabajaba en el orfanato mientras esperaba ser ordenada en el culto a Pelor.

           Nos fuimos a dormir pronto, aunque sospecho que Harald estuvo hasta tarde hablando con Erika —supongo que quedó prendado de la larga melena roja de mi prima adoptiva—. Ya al día siguiente nos levantamos con calma, salvo Kincaid que madrugó para comprar flores para la joven del orfanato. Nos pertrechamos y nos presentamos en la catedral listos para actuar.

           Allí se nos unió un clérigo de Pelor —sé que son gente de corazón noble, pero no creo que esa persona fuese la adecuada para el trabajo— llamado Antonio. Entramos en las ruinas y al poco dimos con el portal; mas eso fue un terrible problema. Todos los protegidos por Odín o uno de sus hijos—véase todos menos Harald y yo, luego explicaré el pecado de Mudo— fueron abducidos por el portal.

           Harald se rodeó con una cuerda, que yo debía sostener, y trató un rescate a la desesperada, pero la fuerza con la que fue absorbido por el portal iba a arrastrarnos a los dos. Tomé una decisión difícil en una fracción de segundo; para algunos no es la más acertada por ser poco moral —según las gentes de corazón blando que adoran a dioses como Pelor—, pero sí la más sensata desde el punto de vista práctico.

           Solté la cuerda y lo hice porque era la única forma de poder ir en busca de refuerzos con los que rescatar a mis compañeros. Un sacrificio no debe hacerse en vano, sin un objetivo claro y mucho menos sin un fin elevado que obtener; lanzarme contra el portal solo serviría para estar atrapado con ellos y sin que nadie supiese que necesitábamos ayuda con urgencia.

           Antes de seguir haré un apunte; Mudo cometió un grave pecado, renegar de sus dioses en favor de Pelor —pese a las más que abundantes evidencias de que no era capaz de proteger ni a sus más fieles seguidores, como ya conté en la jornada anterior— por tan solo los juegos de luces que se veían durante el culto en la gran catedral, una polilla con forma humana al ojo de Odín.

           Me puse manos a la obra. Primero preparé un paquete con provisiones y una nota en la que anunciaba que estaba buscando ayuda para poder sacarlos de allí. Luego la hice pasar por el portal y escribí una carta diaria al Gremio de Aventureros solicitando ayuda para poder lidiar con el artefacto mágico fuera de control.

           Pasaron varias semanas sin respuesta alguna del Gremio de “Aventureros”. Por mi parte, traté de localizar a alguien con conocimientos sobre la materia, pero fui incapaz . La siguiente noticia que tuve de ellos me llegó desde el gremio; al parecer, alguien quería cobrar la exploración de las ruinas y se requería mi presencia en la sede para arreglar el asunto.

           Así que ensille mi caballo, até los de mis compañeros, cargué sus cosas en ellos y me dirigí a la sede gremial. Supongo que no tengo que explicar lo decepcionante que me resultó ser ignorado por quien se atavía con la superioridad moral de buscar una forma de enfrentarse contra el dragón.


           El recuerdo hace que me hierva la sangre, así que el desenlace de este bochornoso capítulo lo dejaré para la próxima jornada.

Nota: La idea original, así como los personajes que no son Arem no me pertenecen. Esto la adaptación de una partida de rol.

viernes, 28 de noviembre de 2014

Esparcimiento

           Se ajustó los vaqueros, anudó sus botas y salió del vestuario. Si nada se lo impedía dejaría de ser la mayor en unos metros para ser simplemente Isabel, Isa —Isis, mote que la perseguía desde el colegio—. Bajó por las escaleras mientras notaba cómo el pelo le goteaba sobre los hombros; apenas se lo había secado, solo quería irse a casa y tirarse en su sofá con un buen libro.

           Al pie de las escaleras el sargento la para con ganas de terminar el debate filosófico que surgió durante la misión. Isa mira a la puerta resignada; es justo, no merece la pena crear una tirantez por algo que ella misma empezó. Cuando terminan hunde sus dedos en su pelo seco y vuelve a encaminarse a la salida.

           Ya puede notar el aire fresco que entra por la puerta sin cerrar. Pisa los largos rectángulos que dibuja el sol en el suelo y se imagina el alivio de aquel blando, caliente y acogedor mueble. Quizás podría pedir unas pizzas, llamar a alguien y charlar hasta bien entrada la noche; o, simplemente, hacerse un ovillo con una manta y dormirse viendo series.

           Uno de los operarios a sus ordenes la detuvo; la requerían para terminar un tema de papeleo. Con el umbral de la puerta en la punta de sus dedos se giró y fue a terminar lo que se le pedía. Sin ya muchas ganas terminó de teclear el informe y lo envió. Se llevó a los labios el café que le trajo su subordinado, pero se había enfriado.

           Era noche cerrada; casi arrastrando los pies llegó a la puerta que se había cerrado. Con mirada furibunda buscó a quien estuviese de guardia.

           —Mi mayor —la llamó el sargento.
           —¿Qué? —masculló.

           —¿Unas pizzas?  

viernes, 7 de noviembre de 2014

Acordes de acero

           Las horas del día habían transcurrido lentas arrastrando un sol de justicia por el público, quemándolos y deshidratándolos. Luego la noche se prolongó entre extensos retrasos, pero ellos, incombustibles, seguían de pie, coreando los nombres de quien tocaba, en una lealtad que partía el alma cuando se defraudaba.

           Era nuestra hora, caminamos sobre las tablas del escenario. Un mar de sudor y cansancio llenó nuestras fosas nasales. Aquella gente no sólo había pagado la entrada, si no que se entregaba a la música.

           Por un momento noté como mi viejo amigo, el nudo de cada concierto, me deseaba buena suerte.

           Deslicé mis dedos por la madera del mástil, todas las horas de ensayos se redujeron a un chispazo en mi nuca que afloró una sonrisa estúpida en mi rostro.

           Preparé la púa y mis yemas aprisionaron el acero tensado que comenzó a vibrar a mi mando. El público respondió con un rugido atronador y las luces desataron los rayos de aquella tormenta.

           Mi mente se centró en la cascada de notas, eran fuego que prendió mi alma una noche más y fue arrebatándome la sensibilidad del cuerpo.

           Sólo había lugar para otra muestra de pasión, el fuego se tornó en hielo que enmudeció a la jauría, pero ya no podía parar, sólo tenía tiempo para otro compás, otro recuerdo hecho música. Lo dejé salir todo hasta que el agotamiento hizo mella en mí.

           Abrí los ojos que me picaron por el sudor que me corría por la cara, y un millar de miradas bramó mi nombre.

           Alcé el puño y dejé caer mi cabeza. Me sentía como un campeón que lograba su ansiada victoria.

           Por un instante fui un dios.

viernes, 31 de octubre de 2014

Mayo de 2042

            Desde la ventana podía ver el océano, inmenso y agitado, su fuerza me inspiraba y me recordaba mi humilde condición. A lo largo de la tarde fui viendo cómo las nubes de tormenta se acercaban precedidas de una lluvia fina y ráfagas de viento.

            Cuando cayó la noche, una calma tensa cubría la ciudad; era incluso poético. Bajamos al aparcamiento y nos subimos al coche, intercambiamos una pocas palabras mientras nos movíamos por la ciudad. Apenas tres minutos de recorrido. Pasamos bajo el paseo del puerto deportivo y salimos al otro extremo en una calle que subía en curva, dejando a mano derecha los barcos de recreo. Giramos a la izquierda entrando en el casco antiguo de la ciudad y pasamos cerca de una plaza. Las calles estaban desiertas por la amenaza de lluvia y todos se refugiaban en los pubs de la zona. Detuvimos el coche junto a una iglesia románica del siglo XII, ahora transformada en una vulgar discoteca; permanecimos allí aparcados hasta que se llenó de gente.

            Era el momento que habíamos esperado. Nos bajamos del coche y sacamos del maletero un par de viejos fusiles. Hace treinta años fueron revolucionarios; ahora, como nosotros que nos negamos a implantarnos, están simplemente desfasados. Nos acercamos a la puerta, amartillamos las armas e intercambiamos miradas. En ese momento comenzó la tormenta, de gotas grandes y abundantes, riadas por las calles y con espectaculares rayos sobre el océano.

            Acomodé el arma al hombro y entramos. La música había comenzado hacía más o menos una hora. El local estaba lleno de esa gente que había destrozado su cuerpo con máquinas; ya daba igual, estábamos allí para corregir su error.

            Apretamos el gatillo. El supresor del arma sonaba como un asmático jadeando. Disparamos y disparamos para redimirlos. Lo logramos.

lunes, 27 de octubre de 2014

Diario de aventura

Diario de aventura

            Yo, Arem Holf, me comprometo a que todo lo narrado aquí es veraz y, si algo falta a ello, es porque he sido víctima de un engaño o mala interpretación de los sucesos.

Cuarta jornada

            Volviendo hasta la actual sede del gremio de aventureros sin más compañía que mis pensamientos y mi caballo me puse a pensar acerca de si realmente este sendero de noches al raso, difíciles decisiones y peligrosos combates me llevaría a cumplir mi principal objetivo, derrotar a la princesa Brundir con el bastón. La verdad es que cuando hice noche en Greenhill, ahora algo más tranquila, durante mis oraciones pude sentir cómo mi conexión con Tyr había mejorado notablemente, así que esa noche tomé la decisión de continuar en el gremio.

            Una vez me hube reunido con mis compañeros formamos un nuevo equipo: Harald, Ausente y un recio highlander que se nos quiso unir. Alguna clase de veterano de guerra, esa clase de guerreros que como única armadura viste su kilt, cargado con cuatro espadas —dos de ellas a la espalda, algo que las vuelve inaccesibles— respondía al nombre de Kincaid Bannerman —de no ser por sus reseñables dotes como guía evitaría el uso de su nombre como vine haciendo hasta ahora—.

            Tras algunas deliberaciones pusimos rumbo al reino de Enor —hogar de mi familia materna— pero para poder alcanzarlo deberíamos cruzar las peligrosas arenas de Dumar, un desierto árido que se extendía hasta los pies de nuestro destino, la fortaleza conocida como “la Última Esperanza”, nombre ganado tras la lucha con el dragón rojo. Fue en estas tierras donde Kincaid demostró sus habilidades como guía.

            La ultima noche de nuestro viaje fue la más peligrosa, dos caimanes de las arenas —criatura de la que desconocía su existencia— trataron de acecharnos, pero, como ya dije, Heindall había concedido un gran oído a Harald que nos alertó a tiempo. El combate fue encarnizado, las bestias cubiertas por una gruesa piel parecían inmunes a nuestros filos e hirieron de gravedad a todos mis compañeros; algunos llegaron a perder el sentido por el dolor. Por fortuna Tyr, siempre justo con los valientes, nos concedió una victoria —ajustada, pero merecida—. Conservando el resuello necesario, y de nuevo por la gracia de Tyr, pude sanar las heridas de mis valerosos compañeros.

            Alargando el último tramo del viaje llegamos extenuados a “la Última Esperanza”, donde los Guardias Grises —quienes hacen el trabajo sucio de Heironeus— nos dieron asilo. Al día siguiente, con nuevas fuerzas y ya libres de la arena del desierto, solicitamos acceso a las ruinas élficas.
Confiado por la reciente victoria, y pensando que mis oraciones diarias serían suficientes, nos adentramos en un lugar en el que incluso los estoicos Guardias Grises se cuidan de entrar.

            No me resulta fácil explicar lo que allí vivimos. Debíamos avanzar iluminándonos con linternas y hechizos de luz, las trampas nos esperaban a la vuelta de cada esquina y Kincaid —que encabezaba la marcha— fue golpeado por lanzas surgidas de la nada, rocas desprendidas del techo y probablemente algo más que no supe identificar. Así alcanzamos una serie de estatuas; representaban guerreros elfos de un clan que perdió la cordura tratando con entes de otras dimensiones.

            Los pisos subían y bajan sin sentido, en uno de ellos un estanque de agua escondía un anillo mágico, el tesoro nos alentó y continuamos hasta topar con un cofre. Supongo que ninguno lo vio venir, pero cuando Ausente se dispuso a abrirlo, reveló su verdadera forma. La tapa era, en realidad, fauces que masticaron al sirviente de Pelor y el barniz una dura resina que adhería las armas con las que lo golpeábamos.

            La fuerza del highlander, la astucia de Harald y mi acero lograron dar muerte a semejante abominación. Por segundo día consecutivo los dones de Tyr cerraron las heridas de mis compañeros, especialmente de Ausente que había sufrido terribles laceraciones y sangraba profusamente. La oscuridad de aquel lugar evidentemente impedía que Pelor cuidase de su pupilo; solo un dios recio como Tyr u Thor lograba penetrar en los horrores de aquel lugar.

            Así alcanzamos una gran sala donde diferentes estatuas de guerreros elfos portaban armas mágicas y alguna clase de diadema, mágica también. A partir de aquí todo fue a peor; nos topamos con una puerta cerrada de la que surgía un ojo que con su sola mirada envolvía en llamas a todo lo que se moviese. En otra sala unos símbolos de Pelor falsos se tornaron en tentáculos de sombra que trataron de golpearnos, pero esto solo era el inicio.

            Guiados por el lamento de alguna criatura nos adentramos en las profundidades de aquel lugar, el suelo cedió bajo nuestros pies y dimos de bruces con un cementerio de una criatura enorme donde era de día. Lastimados, nos las apañamos para subir; entonces el lamento se volvió cada vez más fuerte. Surgiendo a través de las paredes —como si de un fantasma se tratase—la criatura nos fue robando la fuerza de nuestros brazos y piernas.

            Debía ser consciente de que Tyr me protegía, pues me tomó como su principal objetivo. Casi sin aliento, la persecución nos hizo perdernos en aquel lugar. Exhaustos, y al carecer de un arma capaz de herir a la criatura, hubiera preferido retirarme para que nos reagrupasemos, pero Kincaid prefirió hacerle frente, pues él se había apropiado de una de las armas mágicas. Desorientados, encontramos una estatua de la que surgían los lamentos; tras ella, un árbol se elevaba desde unas raíces de piedra .

            Dispuse mi maza y justo con Kincaid la hicimos sangrar —pues aquello era carne y piedra a la vez—. Mis compañeros fueron atacados por aquella criatura etérea que ahora tomaba forma física; utilizaba la fuerza que nos robó y de tan solo un golpe dejó fuera de combate a Ausente y de otros dos a Harald. La lucha que siguió fue realmente encarnizada; Kincaid, poseído por una furia ciega y yo, por las ansias de venganza, le dimos muerte.

            Tyr, alabado sea, con un último hilo de energía me permitió estabilizar a mis compañeros que se desangraban en el suelo. Mientras, Kincaid supo abrir un cofre del que rescató unos pergaminos, entre ellos y por pura fortuna —obra de Hermod, sin duda— uno con el que pude recuperar mis fuerzas. Me eché a Ausente a la espalda, ya que permanecía inconsciente, y comenzamos a buscar una salida.

            Aquel lamento volvió otra vez sobre nosotros, pero logramos eludirlo alcanzando la salida de aquel lugar tan caótico. Una vez fuera de él los Guardias Grises atendieron las heridas de mis compañeros, ya que por obra de la divina protección de Tyr yo estaba en perfectas condiciones; cansado, algo magullado y cubierto de suciedad, pero sano como antes de entrar.


            Sabiendo que sería una falta de respeto hacia Heironeus —y un hombre debe cuidarse de ofender a los dioses, aunque estos no sean tan fuertes como su mentor— busqué un lugar donde poder orar en agradecimiento a Tyr. Es por él por lo que sigo vivo, por él que Hermod se molestase en colocar aquel pergamino y por él que mis armas fueran precisas en la batalla.

Nota: La idea original, así como los personajes que no son Arem no me pertenecen. Esto la adaptación de una partida de rol.