sábado, 25 de octubre de 2014

Dolce Vita, centro comercial

            Cristal, acero, hormigón y luces de neón. Así nos ha tocado vivir, no hace tanto que todo estaba más disperso, menos aglutinado.
            —No creo que sea el momento de un discurso sobre lo alienados que estamos —el joven sargento daba un último vistazo al dossier de la misión.
            —Con tu edad no operábamos en los cascos urbanos, han sido diez largos años —la mayor comprobó de nuevo su equipo—. Revisa siempre dos veces el material.
            —Ya lo sé, vamos a necesitar unos limpiaparabrisas en las gafas, esos viejos centros comerciales están llenos de goteras y ha llovido por la mañana —bromeó operario de pelo rubio.
            —La gafas tienen una película que hace que el agua se deslice rápidamente —le corrigió el operario moreno.
            —Dejadlo, estamos llegando —la mayor amartilló su arma.

            El transporte se detuvo tras el cordón policial y la escuadra se desplegó. Entraron por un punto ciego de las viejas cámaras de seguridad y avanzaron en sigilo por los pasillos abandonados del centro comercial. En lo que había sido una tienda de muebles, los terroristas —o supuestos terroristas, hacía tiempo que esa diferencia no era importante— habían echo su acuartelamiento y retenido allí a los rehenes.

            —Recordad, ráfagas cortas y controladas — dijo la mayor antes de llevar su dedo al gatillo—. ¡Asaltad!

            El tiroteo duró unos pocos segundos y la operación algo menos de veinte minutos, la mayor parte de ellos caminando por los pasillos desiertos, llenos de suciedad y goteras. Volvieron a su transporte dejando cadáveres e inocentes confusos aún atemorizados por sus secuestradores.

            —Cristal, acero, hormigón y luces de neón. Así nos ha tocado vivir, teniendo las llaves del paraíso y prefiriendo usarlo de estercolero. No hace mucho, la gente creía que la tecnología nos salvaría.
            —Hoy nos ha protegido, mayor.

            —¿Tú crees, sargento? 

lunes, 20 de octubre de 2014

Diario de Aventura

            Yo, Arem Holf, me comprometo a que todo lo narrado aquí es veraz y, si algo falta a ello, es porque he sido víctima de un engaño o mala interpretación de los sucesos.

Tercera jornada

            Conscientes del problema que suponía haber liberado a un cambia formas de su prisión, los cuatro norteños —Mudo, Scalda, Elegido y yo, Arem— espoleamos a nuestros recios corceles por las empinadas lomas de Orenheim y sus fríos caminos hasta alcanzar Crossroads. Para quien lo desconozca, Crossroads es una ciudad rodeada de barriadas formadas con viejos carromatos transformados en casas; esa parte de la ciudad parece temporal a primera vista. Tras sus murallas la configuración es propia de un centro con mucho trafico comercial.

            Esta ciudad era el primer lugar grande tras Highorn. Supusimos que el bullicio y el buen comercio favorecerían que alguien parase para equiparse y luego pudiese pasar desapercibido. Nos encontramos con un gran problema, pues no sabíamos por dónde empezar; por fortuna contábamos con las habilidades de Mudo —hasta este momento, y dada su constante reticencia a hablar, sabíamos poco o nada de sus talentos, salvo que dedicó su juventud a estudiar la magia— fue capaz de adivinar de algún modo arcano cuáles serían sus primeros pasos.

            A toro pasado puede parecer evidente, pero en aquel momento no teníamos tan claras sus prioridades; guiados por la clarividencia de Mudo, decidimos poner dirección al mejor lupanar de todo Crossroads. A desgana oculté mi sobrevesta y preferí montar guardia a la puerta. Haber luchado por el honor de mi hermana y tener una madre fuerte, así como cierto orgullo de guerrero, hacen que no me gusten las prostitutas. Por otro lado, considero que alguien de buena familia no debe frecuentar esos lugares; aunque lo hagan, claro.

            Así fue cómo conocí a un mandingo, que como yo montaba guardia a la puerta, un plebeyo acostumbrado a usar un lenguaje burdo y con un abuso absoluto de la confianza en los extraños; ignoré sus chanzas con paciencia. Desconozco lo que sucedió allí dentro, pero en un momento se hizo llamar a un buen numero de profesionales. Más tarde, la regente del lugar fue al mercado a por una gran cantidad de fruta. Quiero suponer que esto puso sobre aviso a mis compañeros, aunque me temo que fueron otros los motivos para necesitar tal cantidad de servicios.

            Tras todo esto, Scalda salió y nos dispusimos a reunir información en otro lugar. Mientras buscábamos alguna pista por el mercado, los ruidos de una reyerta nos interrumpieron incluso antes de que pudiésemos iniciar nuestras indagaciones. Corrimos hasta el lugar, donde una muchacha de apenas dieciocho años se desangraba en el suelo. Elegido y Mudo habían sido detenidos como presuntos responsables. Por desgracia, el golpe que le habían asestado fue tal que para cuando logré atenderla ya era demasiado tarde y su alma, al morir en combate, iba camino de Valhalla.

            En un primer momento sospechamos que la joven era el cambia formas, pero el examen póstumo que realicé lo descartaba totalmente. En este momento, y estando en el hogar de mis dioses, resultaba evidente que Loki disfrutaba viendo cómo un elegido de su padre se convertía en un asesino de inocentes. Mientras velaba por el cadáver, Scalda ideó un ardid con el que liberar a nuestros compañeros. Fue tan elegante en su ejecución y astuto en su plan que a partir de ahora sí considero que su nombre es relevante; Harald, así lo nombró su padre.

            Pese a todo, nuestros compañeros son gente de voluntad firme y Elegido tuvo que ser engañado para que aceptase la libertad. Por su parte, Mudo prefirió permanecer encarcelado. Por algún extraño motivo creía que aquel lugar le facilitaría encontrar su libro de conjuros robado. Cuándo se lo sustrajeron es algo que no está claro y no es relevante para lo que viene a continuación. La noche de ese mismo día, cuando nos disponíamos a un breve descanso antes de continuar nuestra investigación, un grupo de ladrones vino a nuestra posada.

            Heindall, siempre vigilante, hizo nuestro sueño ligero y nuestro oído agudo. Y los sutiles pasos de aquellos pícaros que pretendían robarnos nos pusieron sobre alerta, por lo que pasamos a la acción. Protegí a nuestro buen posadero mientras mis compañeros reducían en pocos latidos a los asaltantes. Capturando a uno de ellos, Elegido —que como buen guerrero sabe ganar una batalla sin blandir su arma— doblegó su voluntad y supo sonsacarle quién los enviaba. Este desliz era la clave para localizar al cambia formas.

            Aquí surgió un terrible problema. El embuste de Harald daba por muerto al cambia formas, cuando no era así. Para cubrir su rastro, el astuto truhan se había echo pasar por el mandingo del que hablé con anterioridad. Elegido, creyendo compinchado con nuestro perseguido fue con toda la fuerza de quien hace justicia, pero no era así. El mandingo resultó ser un bailarín, de echo ni el arma con la que montaba guardia era real. No negaré que no me pareció adecuado que la situación le recordase su lugar, pero me vi obligado a romper mi silencio.

            Hasta el momento simplemente no había sacado de su engaño a Elegido; la premura de la situación y no ser consultado en ningún momento me ahorraron el tener que mentir. Cansados, regresamos a la posada, donde Elegido volvió a interrogar al bribón que pretendió robarnos. Esta vez le sonsacó dónde encontrar a su jefe. Planeamos el día siguiente y, en un acto de piedad que solo un hombre de gran corazón haría —Elegido— liberó y dio un dinero a aquel ladrón para que pudiese reencauzar su vida. Yo, conocedor de los de su calaña, habría sido menos generoso.

            A primera hora solicité audiencia con el jefe de la guardia de Crossroads, de nombre sir Ander. Me alegró tratar con un igual; la conversación fue rápida y razonable. Sin perder el tiempo en pormenores se puso bajo mi custodia a Mudo. Como muestra de agradecimiento hice un pequeño donativo, algo simbólico, para que la guardia pudiese renovar su equipo. Como ya he dicho antes, Mudo es poco hablador y cuando habla no es para ser agradable precisamente; había recuperado su libro y preguntó por algo que desconocía.

            En esta parte, por razones de privacidad, no seré muy preciso, pero logramos reunirnos con el señor del gremio de ladrones, alguien realmente profesional. Su moral podría ser discutible, pero su ética laboral era intachable. Sin embargo, las tensiones acumuladas se cobraron la frágil unión entre Elegido y Mudo; jurándose enemigos irreconciliables se separaron. Tras apañar un acuerdo con el líder gremial calló la noche y acabamos por tener una reunión bastante tensa con el cambia formas.

            No era otra cosa que un tiflin; astuto, eso sí, pero con demasiados lazos pendientes.

            Desesperado, trató de comprarnos un pergamino mágico que abandonó a su suerte en las ruinas élficas, pero Harald nos había advertido del peligro que suponían aquellos pliegos así que con un hechizo lanzado al aire y una negativa en firme la reunión acabó. Resultaba evidente que sin el pergamino se consumiría y los pactos realizados devorarían su alma. En mi opinión, aquella criatura era un cadáver en vida y ayudarlo a morir poco antes no sería justo, pues su desgracia era un gran ejemplo de lo que no debe hacerse.

            Elegido había hablado con la madre de la joven. La culpa del asesinato caía sobre sus hombros al punto de encorvarlo y cegar su poca razón. Dispuesto a resucitarla o, al menos, intentarlo, alquiló una carreta y se encaminó a Highorn. Según se decía, Vultan Tumbalomas era capaz de devolver la vida a los muertos. Pero como es evidente un desgraciado accidente no es suficiente para que magia tan poderosa sea conjurada. Totalmente derrotado, Elegido tomó la decisión de buscar por su cuenta una forma de derrotar al temible dragón rojo.

            Con la palabra de buscarlo si encontraba el medio y una carta con la que mi familia le ayudaría en una ocasión, volví a Crossroads para celebrar la cremación de la joven. De poco sirvieron mis palabras de aliento y mis mentiras piadosas de que la joven no deseaba volver porque ahora bebía junto al gran padre tuerto. Antes de regresar al gremio de aventureros tuve un encuentro con el líder gremial, menos tenso; me pareció la persona adecuada para solventar los problemas de asaltantes en las rutas familiares.

            Entiendo que los negocios pueden implicar mancharse las manos; tratar con esta gente no me resulta un problema, es un sacrificio que hago por mi familia. Como cuando juegue mi dignidad y futuro en una liza bastón en mano. Lo que me supo mal es el egoísmo que vi en aquellos dos hombres, incapaces de respetarse o entenderse, ya no se hable de cooperar. Entiendo que este camino lo recorro para prepararme para ese combate a bastón, pero veo lo lejos que se encuentran muchos de las enseñanzas de mi patrón, Tyr, y no puedo evitar sentirme algo alicaído.

Nota: La idea original, así como los personajes que no son Arem no me pertenecen. Esto la adaptación de una partida de rol.

viernes, 17 de octubre de 2014

Transportista

            Las luces del velocímetro se iluminaban sucesivamente. La bestia V10 impulsaba el vehículo salvajemente. El juego de pedales, bajar una marcha y tomar las curvas mientras los neumáticos hacían saltar el agua acumulada en el asfalto; eso era vida. Su corazón latía con las revoluciones del motor mientras su melena ondeaba al viento.

            Le gustaba la acción y no sería la primera vez que su afición por las máquinas caras la llevaba a trabajar como transportista. No disfrutaba especialmente con la violencia, pero sabía disparar y apañárselas en una pelea; ser discreta y nunca preguntar más de lo necesario la convirtieron en una profesional.

            Su contacto la había citado para un nuevo encargo. Era puntual y un tanto estirado para su gusto, pero desde luego ambos formaban un gran equipo. Disfrutando de un buen café, hojeó un periódico desde sus gafas inteligentes. Cuando tuvo la información y la mercancía, se puso en marcha. Conectó la memoria a sus gafas y vio la dirección de entrega.

            Asegurándose de que nadie miraba, escondió el paquete en un doble fondo de su coche de trabajo y comenzó la ruta. Atravesaría el país, así que cargó los datos en el ordenador de abordo. El viaje era tranquilo, tras un par de paradas para comer e hidratarse alcanzó un hostal donde hizo noche antes de seguir.

            El día siguiente se truncó; la seguían. Trató de dejarlo atrás sin llamar la atención, mas todo se abalanzó sobre ella con creciente velocidad. Las calles eran estrechas y las maniobras se complicaron, hasta el punto que el otro vehículo provocó un accidente. De él se apeó un hombre bien pertrechado y, sin mediar más palabra, sustrajo la carga, ahora expuesta, del vehículo.


            —Gracias por el servicio —y le arrojó un sobre con dinero.

domingo, 12 de octubre de 2014

Salud

            Se acomodó sus gafas de sol y arrancó la marcha; hacía unos meses que se había decidido a correr todos los días —tras buscar un terreno adecuado, pues sabía que el asfalto acabaría por lastimar sus rodillas—.

            Era una tarde realmente agradable, el sol calentaba y una suave brisa mecía los arboles. Se detuvo a hidratarse y vio el espectacular horizonte; el océano se extendía eterno, con la silueta de algún barco en la lejanía y las gaviotas volando en lo alto.

            Reanudó la marcha, hoy se notaba rebosante de energía. Comprobó sus pulsaciones y todo era correcto, el trabajo daba su fruto y su cuerpo respondía al ejercicio. Con el ánimo renovado por lo agradable del día terminó su ruta.

            Subió hasta su piso y se dio una placentera ducha, se vistió, mandó un mensaje por un chat de grupo y se fue hasta la cafetería donde trabajaba una amiga. Allí hizo tiempo mientras esperaba al resto del grupo y al cierre se fueron los cinco camino del cine.

            Subieron al coche de uno de ellos, llegaron a tiempo de cenar y entrar a la ultima sesión. Tras la película salieron de buen humor, se acercaron a la zona de bares para beberse una cerveza y comentar cómo les había ido la semana.

            Los primeros en irse fueron la parejita del grupo y quien tenía el coche, ya que estaba aburrido y el no ir a beber lo desanimó a seguir la fiesta. Quedaron quien protagoniza el relato y su amiga la camarera. Fueron por los bares de siempre, bebieron de más y acabaron por besarse en uno de ellos.

            La fiesta siguió y el alcohol no era suficiente; entre besos y tiros de coca acabaron en la cama. El sexo salvaje, impulsado por la droga, los mantuvo despiertos toda la noche.

martes, 7 de octubre de 2014

Diario de aventura

            Yo, Arem Holf, me comprometo a que todo lo narrado aquí es veraz y, si algo falta a ello, es porque he sido víctima de un engaño o mala interpretación de los sucesos.

Segunda jornada.

            Así fue como el grupo partió tras el silencioso Mudo. A decir verdad, el valeroso pero algo impulsivo Elegido tuvo un desaire con él. Esto ocurrió porque, fiel a las tradiciones, Elegido pretendió saber el nombre de Mudo —como resulta evidente, una nimiedad al tratarse de plebeyos—, mientras que su carácter retraído lo llevó a no presentarse de la forma adecuada. Yo, Arem Holf, más versado en el trato con gentes de todo tipo, logré que ambos tomasen la misma ruta en armonía.

            Algo rezagados por el debate sobre la corrección en los modales, dimos alcance a parte del grupo que se había adelantado en busca de un lugar donde hacer noche evitando así peligros innecesarios. He de suponer que el Bravo fue quien eligió, con poco atino para nuestra causa, el lugar. Se trataba de Greenhill, donde se encuentra la mayor biblioteca de la región.

            El asunto es que sus habitantes disfrutaban de un lánguido, extenso y algo atolondrado asueto tras el duro esfuerzo del estudio. Como ya he comentado, el Bravo parecía salido de aquel tipo de situaciones, así que sin perder tiempo se aseguró de calmar la sed del viajero y, con la sabiduría de un hombre de mundo, se empapó de la cultura local.

            En lo personal preferí no perderme en densos debates filosóficos como los que allí se celebraban y me limité a dormir para estar fresco al día siguiente. Dado que mis compañeros, inconscientes de la importancia de un buen descanso, habían bebido algo más de lo adecuado me vi en la tesitura de recogerlos mal durmiendo por las calles u ofendiendo la generosidad de las mujeres del lugar; ese Sarraceno casi causa un altercado.

            Dado que el resto del viaje hasta Highorn discurrió sin grandes problemas, recuperamos fuerzas en el poblado y luego subimos hasta la fortaleza, siempre con el Muro y, por tanto, las Tierras Muertas a nuestra izquierda —cualquiera que diga no sentirse vulnerable en esas latitudes, miente—, así que reuniendo nuestro fiero temple llegamos a las puertas de la fortaleza enana, grandiosa y regia como le corresponde.

            Allí fuimos recibidos por el buen y devoto siervo de Moradin, Vultan Tumbalomas —no había visto a muchos enanos hasta ese día, pero en presencia de Vultan comprendí por qué afirman que fueron forjados por su eterno padre—. Fuimos escoltados hasta la entrada de aquellas ruinas élficas.

            Antes de continuar cabe destacar que un grupo de insensatos y miembros del gremio había entrado poco tiempo antes que nosotros, era evidente que nuestra misión ahora no solo era de exploración, sino de rescate.

            Enardecidos por la situación, descendimos al interior de aquel pérfido lugar, donde no tardamos en encontrar los restos del primer grupo; todos muertos de formas que buscaban una satisfacción personal en su asesino. Finalmente, encontramos a una mujer. Como es sensato, la sometimos a un estudio mágico, el cual reveló que estaba afectada por un hechizo de transmutación —ya en este instante el Scalda, el Sarraceno y yo vimos que aquello debía tratarse de una trampa—. Pero el Elegido, privado de la sabiduría de su patrón, decidió sacarla de aquel lugar confiándola a Vultan.

            Gastamos un buen tiempo en explorar el resto del lugar: un pasillo cubierto por saeteras mágicas nos obligó a arrastrarnos para salvar su fuego; tras ese atolladero, una sala circular contenía un amplificador mágico, arcano, que conectaba con un portal desconectado en ese momento. En la sala circular dimos con una puerta oculta que los brazos del Bravo abrieron a golpe de pico.

            Lo que nos deparaba la cámara inferior marcaría los días venideros. Allí, dormida en una cama con dosel, estaba la verdadera mujer —y no la que poco antes había liberado el Elegido—. Apurando el paso corrimos a prevenir a Vultan, quien guiado por su buen corazón la había dejado marchar creyéndola libre de toda sospecha. Se nos impidió el paso, debíamos finalizar la exploración.

            Las cámaras inferiores daban a un largo pasadizo que culminaba en una capilla en honor a Pelor cubierta por las más fuertes custodias. Tras sus puertas se encontraban las Tierras Muertas, un lugar realmente lúgubre. Volvimos a cerrar las puertas y nos aseguramos de afianzarlas lo mejor que pudimos.

            Como es de suponer, unas ruinas élficas siempre guardan una sorpresa —por lo general, desagradable—. Allí, una cámara de tortura se mostraba ante nosotros; dos de sus habitantes habían mal vivido hasta el punto de perder la cordura y convertirse en menos que la sombra de dos hombres.

            El debate ético parecía claro; en ese estado lo más digno era darles la muerte, pero el Bravo, de malos modos y amenazando con dársela a quien les hiciera daño, los sacó de allí —es evidente que la razón no lo acompaña para cometer semejante despropósito—. Poco quedaba para que entendiese por qué el Ausente era acusado de herejía.

            Los regios enanos nos permitieron la salida. Mientras informábamos a Vultan de los hechos, el Ausente tuvo la osadía de faltarle al respeto en al menos dos ocasiones y de desoír las sabias palabras con las que nos aconsejaba.

            Aquí el grupo se dividió en dos: el Bravo, el Ausente y el Sarraceno fueron a buscar un lugar donde cuidarían de los dementes —válgame esa cruel piedad como ejemplo de su insensatez, privarlos de una muerte digna para dejar que padezcan los males de Loki hasta el fin de sus días—; el resto del grupo, más dispuestos a lidiar con los temas urgentes, fuimos tras el rastro de la criatura que fue liberada por el Elegido.

            Como es evidente, alguien capaz de cambiar su aspecto a voluntad no había dejado rastro alguno en Highorn, así que sin perder más tiempo tomamos el único camino del lugar tratando de darle alcance.

            De nuevo la ardiente sangre del Elegido lo volvió impulsivo, arrancó al trote y se perdió frente a nosotros. Horas más tarde lo encontramos mal herido e inconsciente —a un ojo poco versado en la cultura de Orenheim se le escaparían las evidencias que allí vi— rodeado de los cadáveres de tres lobos. Usé las artes que me concede el gran Tyr para sanarlo.


            Es evidente que Fenris estaba decidido a truncar la sagrada misión encomendada al Elegido y que Odin, como gran padre, había concedido la victoria a su ungido; pero no sin dejarle un recuerdo de que debía ser más cauto en el futuro.

 Nota: La idea original, así como los personajes que no son Arem no me pertenecen. Esto la adaptación de una partida de rol.

jueves, 2 de octubre de 2014

Compañeros

            —Puedo oírlo todo, hasta el crepitar de aquel cigarrillo —señaló al otro lado de la cafetería—. Puedo verlo todo, los rasgos de quien mira en aquella ventana —miró a lo alto.

            Su interlocutor siguió la mirada, mas el cristal medio empañado no le dejaba ver si realmente había alguien allí. Se encogió de hombros y bebió un sorbo de su café; el cyborg le daba escalofríos. Hacía poco que trabaja con él y habían quedado para charlar sin la presión que supone el puesto de trabajo, pero se mostraba igual de taciturno que durante el servicio.
            —Me recuerdas a una canción de los Who: “I can see for miles, and miles, and miles...” —Alberto se obligó a sonreír.
            —Es gracioso, era la canción con la que anunciaban mis implantes oculares —una leve sonrisa apareció en los labios del cyborg—. También tengo aumentado el olfato; entre nosotros, es muy útil para elegir buenos restaurantes o, como ahora, cafeterías. Me encanta el café ¿a ti no?
            —Claro ¿a quien no? —Alberto sonrió aliviado viendo cómo su compañero dejaba a un lado su actitud reflexiva.

            Se produjo un silencio y antes de que alguno pudiera romperlo sus teléfonos sonaron. Los llamaban desde Central, acababan de recibir un aviso de un supuesto tiroteo y debían ir hasta allí a investigar lo sucedido.

            —Voy a por el coche, ve pagando los cafés.

            Alberto se dirigió a la barra mientras su compañero salía por la puerta. La llamada era extraña; de tratarse de un tiroteo en marcha llamaría al grupo especial de operaciones, de haber finalizado el trabajo correspondía a la policía científica y, si no se sabía la situación, simplemente a la patrulla más cercana.
            Cuando subió al coche le expresó sus dudas a su compañero, quien se limitó a hacer una mueca y a conducir hacia la dirección indicada. No tardaron en llegar; la gente comenzaba a arremolinarse por la zona y un par de patrullas habían acordonado la zona.
            —¿Resuelve esto tus dudas?
            —Supongo —respondió Alberto sacando una pequeña libreta.

            Los cristales cubrían buena parte del lugar, las luces de neón chisporroteaban entre zumbidos, los agujeros de bala cubrían ambos lados de la calzada, muros y coches por igual presentaban un nutrido grupo de ellos. Tras uno de los vehículos un par de cuerpos cubiertos por sendas mantas.

            —Los forenses están de camino —les informó una mujer de uniforme.

            Entre todos los destrozos encontraron casquillos del .45ACP del lado sin cuerpos y 9x19 mm junto a los cuerpos y las respectivas armas.

            —A juzgar por las agrupaciones y la cantidad de disparos efectuados han usado algún tipo de subfusil —comentó el cyborg.
            —Hace tres años desapareció un cargamento de Super V en el puerto —Alberto se había puesto unos guantes y comprobaba las carteras de los muertos—. Parece que nuestros amigos eran de los Puristas.
            —¿Ese grupo que neutraliza implantados por las calles? No esperes que me den mucha pena, son asesinos.
            —Como quienes les han dado muerte.
            —Claro, dos errores no hacen un acierto —el cyborg olfateó el aire—. Tengo un rastro, vamos.

            Guiados por los sentidos aumentados del hombre máquina, apuraron el paso por un grupo de calles estrechas que bajaban hasta lo que fue el paseo marítimo; el deshielo lo había anegado, las calles estaban cubiertas por agua, barro y los escombros de una barriada casi abandonada.

            Allí no les fue difícil encontrar unas huellas recientes, dos juegos de pisadas que los llevaron hasta un hotel abandonado. Los cristales que se conservaban estaban verdes y las diferentes mareas acumulaban en el recibidor toda índole de desperdicios; el olor a podrido se hizo insoportable.

            Alberto se cubrió con un pañuelo y su compañero no pareció inmutarse; había desenfundado su arma y comenzaba a subir por las escaleras dispuesto a localizar a quien había cometido el doble asesinato. Hizo lo propio y fue tras él para cubrir sus espaldas.

            Las pisadas subían dos pisos más, pero el barro terminaba antes del segundo piso, así que las huellas pasaron a ser pisadas que se difuminaban a cada escalón subido. La moqueta del lugar había dejado de ser roja para tener un tono indeterminado y mostraba abundantes desgarrones.

            El cyborg levantó la mano dando el alto, se asomó para estudiar el piso y, por señas, indicó que se separasen para rodearlo. Alberto asintió, se aseguró de tener una bala en la recámara y tomó el lado izquierdo de la planta.

            Caminó con pasos leves y cercano a la pared; apenas hacía ruido y así alcanzó una puerta entreabierta. Con cuidado se deslizó dentro. Una segunda puerta comunicaba con la habitación contigua y podía oír una respiración agitada al otro lado.

            Salió al balcón; la mampara que separaba ambas habitaciones había sido arrancada por el viento y pudo pasar sin ser advertido. Dentro vio apostado a un cyborg completo de aspecto femenino.
            Se los conocía como completos porque habían sustituido el 90% o más de su cuerpo por partes mecánicas; el aspecto femenino poco tenía que ver con el cuerpo natural del sujeto. Como había sospechado, empuñaba una de las Super V perdidas hacía unos años.

            Aseguró su arma y apuntó:

            —¡Alto, policía! ¡Baje el arma, ahora!

            La cyborg lo miró con dos luces verdes por ojos y disparó contra Alberto con una velocidad y precisión propia de los modelos militares.

            Dos minutos después su compañero entraba; no estaba herido de gravedad, pero la bala le atravesaba el hombro. El cyborg recogió el arma de Alberto y corrió tras la atacante, el olor a pólvora lo guió hasta el tejado. Allí arriba salió al exterior con precaución, el aroma marítimo, los graznidos de las gaviotas y una brisa salada lo recibieron. Vio un destello verde por el rabillo de su ojo y disparó; un compañero herido, el tiempo de dar el alto ya había pasado.

            Corrió de cobertura en cobertura y, finalmente, acorraló a la cyborg completa, antes de poder disparar una segunda apareció a su izquierda.

            Llovieron las balas en aquella tarde de verano.

martes, 30 de septiembre de 2014

Diario de Aventura

            Yo, Arem Holf, me comprometo a que todo lo narrado aquí es veraz y, si algo falta a ello, es porque he sido víctima de un engaño o mala interpretación de los sucesos.

Primera jornada

            Tras varios días a lomos de mi montura y tomando la ruta más segura, pues viajar solo implica peligros, llegué puntual a la cita que ofrecía el Gremio de Aventureros. Allí, sobre un antiguo templo de Tiamat, se dispusieron un buen numero de mesas para que los aspirantes pudieran saciar su hambre y sed.

            En el centro, como corresponde, las personalidades ilustres charlaban agradablemente. Como es de rigor me acerqué a presentar mis respetos; allí Darren “el aventurero” mostró su generosa hospitalidad invitándome a compartir mesa con él y sus compañeros. La conversación fue de lo más gratificante y ambos intercambiamos historias; como es evidente, su amplia experiencia se hizo valer, lo que lo llevó a contar con humildad más de una docena de anécdotas de gran interés. Creedme si digo que quien lo escucha se queda pasmado por lo que dice.

            Finalizada la buena comida, Darren tomó la palabra —disculpad que no transcriba sus palabras, pero no me pareció correcto en el momento—. Nos resumió que esta iniciativa era una de los muchos planes de contingencia en caso de que el dragón rojo volviese. Nuestro objetivo consistiría en explorar antiguas fortalezas élficas y en ellas localizar una serie de portales. Luego se dio paso a unas sencillas preguntas y pruebas mágicas para separar a los capaces de los advenedizos.

            Temerosos de que mi noble cuna fuese un impedimento para el trabajo sucio del aventurero se me preguntó si realmente creía que aquel era mi lugar. Lejos de verme molesto —se ha de comprender al vulgo— dejé clara mi más que sincera disposición. Después me aproximé a un aguerrido norteño —dado que dar nombres de plebeyos confundirá al lector, los he bautizado para facilitar su reconocimiento— que afirmaba ser un elegido del mismísimo Odín. ¿Qué puedo decir? Era una clara señal de que junto a él los dioses nos mirarían con mejores ojos.

            El siguiente en unirse a la compañía, que el Elegido y yo creímos adecuado formar por buenas gentes de Orenheim, fue un bardo —Scalda a partir de ahora— que pudiese narrar de la forma adecuada nuestras acciones. Aquí nos separamos para cubrir un mayor terreno en la búsqueda de compañeros; a decir verdad no encontré a nadie adecuado para lo que buscábamos.

            A mi regreso se había formado un pequeño grupo que atrajo la atención de un mancebo empolvado, esa clase de hombre que disfruta aireando los dolores del orgullo ajeno, quien buscaba avergonzar a todo aquel que veía. Como es evidente, no tuvo nada que decir de mi persona, el Elegido o el Scalda, pero sí vertió entre exageraciones lo que pretendía que fuese una humillación pública. Esto me pareció insoportable y me vi obligado a invitarlo a buscar otro público. Viéndose apabullado por la fuerza de mis palabras y —digámoslo— la presión del grupo, se plegó como quien era y desapareció con su molesta charla.

            Estos hechos parecieron formar lo que sería el grupo con el que compartiría campaña; un siervo de Pelor expulsado de su templo por herejía —sospecho que su mayor delito es tener una mente muy alejada de la realidad, así que lo llamaré Ausente— un semiorco al que llamaré Bravo, pues fue capaz de romper sus cadenas de esclavo y parece salido de alguna verbena.

            Ya que esto fue demasiado sencillo, los problemas no tardaron en llegar, un semielfo de muy al sur —Sarraceno lo llamé— trató de engatusarnos. Poco o nada tardamos en descubrir que, en realidad, se trataba de un elfo. Pese a mi consejo, el grupo consideró que era más seguro tenerlo vigilado; si se me pregunta, diré es una idea nefasta.

            Cuando nos disponíamos a seleccionar en el mapa la primera fortaleza, ya decididos por la única de Orenheim, una daga se nos adelantó. Un hombre parco de palabras —dejémoslo en Mudo— la reclamó para sí. Un misterioso cuervo recogió su arma y se la llevó.

            La señal era tan evidente que hasta el Bravo fue capaz de verla; aquel silencioso individuo debía formar parte de la campaña y de esta aventura.

Nota: La idea original, así como los personajes que no son Arem no me pertenecen. Esto la adaptación de una partida de rol.