viernes, 31 de octubre de 2014

Mayo de 2042

            Desde la ventana podía ver el océano, inmenso y agitado, su fuerza me inspiraba y me recordaba mi humilde condición. A lo largo de la tarde fui viendo cómo las nubes de tormenta se acercaban precedidas de una lluvia fina y ráfagas de viento.

            Cuando cayó la noche, una calma tensa cubría la ciudad; era incluso poético. Bajamos al aparcamiento y nos subimos al coche, intercambiamos una pocas palabras mientras nos movíamos por la ciudad. Apenas tres minutos de recorrido. Pasamos bajo el paseo del puerto deportivo y salimos al otro extremo en una calle que subía en curva, dejando a mano derecha los barcos de recreo. Giramos a la izquierda entrando en el casco antiguo de la ciudad y pasamos cerca de una plaza. Las calles estaban desiertas por la amenaza de lluvia y todos se refugiaban en los pubs de la zona. Detuvimos el coche junto a una iglesia románica del siglo XII, ahora transformada en una vulgar discoteca; permanecimos allí aparcados hasta que se llenó de gente.

            Era el momento que habíamos esperado. Nos bajamos del coche y sacamos del maletero un par de viejos fusiles. Hace treinta años fueron revolucionarios; ahora, como nosotros que nos negamos a implantarnos, están simplemente desfasados. Nos acercamos a la puerta, amartillamos las armas e intercambiamos miradas. En ese momento comenzó la tormenta, de gotas grandes y abundantes, riadas por las calles y con espectaculares rayos sobre el océano.

            Acomodé el arma al hombro y entramos. La música había comenzado hacía más o menos una hora. El local estaba lleno de esa gente que había destrozado su cuerpo con máquinas; ya daba igual, estábamos allí para corregir su error.

            Apretamos el gatillo. El supresor del arma sonaba como un asmático jadeando. Disparamos y disparamos para redimirlos. Lo logramos.

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