domingo, 12 de octubre de 2014

Salud

            Se acomodó sus gafas de sol y arrancó la marcha; hacía unos meses que se había decidido a correr todos los días —tras buscar un terreno adecuado, pues sabía que el asfalto acabaría por lastimar sus rodillas—.

            Era una tarde realmente agradable, el sol calentaba y una suave brisa mecía los arboles. Se detuvo a hidratarse y vio el espectacular horizonte; el océano se extendía eterno, con la silueta de algún barco en la lejanía y las gaviotas volando en lo alto.

            Reanudó la marcha, hoy se notaba rebosante de energía. Comprobó sus pulsaciones y todo era correcto, el trabajo daba su fruto y su cuerpo respondía al ejercicio. Con el ánimo renovado por lo agradable del día terminó su ruta.

            Subió hasta su piso y se dio una placentera ducha, se vistió, mandó un mensaje por un chat de grupo y se fue hasta la cafetería donde trabajaba una amiga. Allí hizo tiempo mientras esperaba al resto del grupo y al cierre se fueron los cinco camino del cine.

            Subieron al coche de uno de ellos, llegaron a tiempo de cenar y entrar a la ultima sesión. Tras la película salieron de buen humor, se acercaron a la zona de bares para beberse una cerveza y comentar cómo les había ido la semana.

            Los primeros en irse fueron la parejita del grupo y quien tenía el coche, ya que estaba aburrido y el no ir a beber lo desanimó a seguir la fiesta. Quedaron quien protagoniza el relato y su amiga la camarera. Fueron por los bares de siempre, bebieron de más y acabaron por besarse en uno de ellos.

            La fiesta siguió y el alcohol no era suficiente; entre besos y tiros de coca acabaron en la cama. El sexo salvaje, impulsado por la droga, los mantuvo despiertos toda la noche.

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