jueves, 25 de septiembre de 2014

Leona Azul

            Los pulmones le abrasaban el pecho debido al esfuerzo; su nariz y su boca estaban atascados por la mezcla de polvo y humo. De no ser por la adrenalina corriendo por sus venas se desplomaría por el cansancio, el dolor de sus heridas o simplemente porque sus músculos se rendían.

            Con un bufido ensartó a otro infante, que se abalanzaba sobre ella, con su martillo de Lucerna. La sangre que lo empapaba le jugó una mala pasada y el arma se fue tras el cadáver, cayendo desde lo alto de las murallas en las que luchaba por su vida.

            Echó mano a su espada; otro de los asaltantes terminaba de subir resoplando por el esfuerzo. Lo agarró por la nuca y, según desenvainaba, le golpeó la nuez con el pomo de su arma. Ahogándose en su propia sangré lo arrojó con un gesto seco, por otra de las escalas subía otro atacante.

            Ya con su hoja en las manos la alzó y la hizo girar sobre su cabeza, con un cambio brusco de dirección burló la guardia de su rival golpeándolo en el cuello. Luego imprimió fuerza deslizando el filo por la carne, cortó hasta el hueso y lo apartó de una patada; una fuente roja brotó de la herida.

            El espaldar de su armadura la salvó de una punzada traicionera. Con una mano aferró la hoja de su arma y con la cruz de esta lanzó a quien osaba apuñalarla. El grito de horror precedió a los restos del cuerpo esparcidos por el suelo.

            Y entonces lo vio; aquel conde que los asediaba luchaba con sus tropas para alentarlas. Arremetió con su acero. Desprevenido y sin escolta fue empalado de parte a parte.


            Luego, la cabeza cortada del conde aferrada entre sus dedos los puso en fuga.

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