jueves, 24 de febrero de 2011

O coitelo do principe.

Prólogo
            O texto que tes entre as mans xa ven de hai moito tempo atrás. Non é máis ca tradución dos restos dun antigo libro perdido xa nas areas do tempo. Pouco se sabe do paradoiro do autor, o cal non fai máis que escurecer o que de seguido segue. 
            Antes de comezar hase de facer unha serie de aclaracións e advertencias. Para empezar, dicir que se tratan temas moi escuros que poderán ferir a sensibilidade do lector. 
            De seguido, expoñer unha serie de notas que estaban feitas a man nunhas follas anexas ó tomo orixinal e escritas na nosa lingua, por desgraza son só anacos e parágrafos soltos:
            O rapaz, dado que aparenta ser xove, cerca dos dezaseis anos, leva xa varias noites sen probar bocado e parece enfermar máis canto maior tempo pasa a carón do lume. A súa pel, que é branca coma a neve, tórnase de cores estraños cando se lle fai entrar en calor. Os seus beizos que parecen ter un perpetuo xesto de desprezo, son negros coma a cinza, o mesmo cas súas unllas e cabelos que son longos e incribelmente lisos. A súa complexión é forte...
            …finalmente atopámolo ó carón do río, enchoupado en auga dos pes a cabeza, pero, con enerxías renovadas, os seus ollos brillaban coma os dun lobo, e o seu sorriso era estremecedor. Incluso naquel momento o desprezo seguía vixente naquela boca infame. Foi a primeira vez có oín falar, e oxalá fose a derradeira. O que falou soaba coma a peor das noticias ofendendo ós oídos de todo bo crente. O pelo erizábaseme segundo falaba, o ton tiña un algo có facía adictivo coma se quixeses escoitar ata a última blasfemia. Acercouse ó meu carón e tendeume a súa man...
            ...xa pasaran máis de seis meses, e comezaba a falar con soltura a nosa língua. Contoume que viña de moi lonxe, dun norte máis aló do que se coñece. Contoume que alí todo era moi diferente...
            ...xa o fixen, tomei a miña filla, bebín o sangue do carneiro e falei con soltura esta fermosa língua. Agora camiño ó carón do meu liberador, pero, para que os que me sigan non se perdan nesta dura viaxe, traducín esta obra que me abriu os ollos.
            Estes son os anacos que se puideron salvar do que parecía un diario enchoupado en sangue. O resto do libro sobrevivíu a un milleiro de penurias e só pode salvarse integramente un relato. O demais son anacos inconexos que falan dun reino e das súas xentes.

jueves, 17 de febrero de 2011

Beso Prohibido II

            El mecanismo chasqueó y el tambor se alineó con el cañón del arma, el hombre levantó lentamente el arma con una sola mano, buscando ofrecer sólo el perfil respecto a su objetivo. Deslizó un dedo helado sobre el gatillo y tiró lentamente de él. 
           —¿Por qué debería perdonarte?
           —Dispara, eso no cambiara nada —replicó el muchacho de cara aniñada, piel pálida y pelo negro.
            —Estás loco, te crees un demonio, pero no pienso ir a la cárcel por asesinato.
            —Entonces baja el arma.
            —Que no quiera matarte no quiere decir que te deje corretear libremente, puedes ser peligroso. Estás loco ¿Recuerdas? 
           —Comprendo... bueno, ¿puedo hacer yo una pregunta?
            —Ya la has hecho. Pero, sí, hazla.
            —¿Por qué, si no crees en estas cosas, aceptaste darme tu alma a cambio de la verdad?            —Quería comprobar como de loco estabas.

            El muchacho sonrió de lado y caminó lentamente en círculos.

            —No lo creo, estás firme, tener un arma cargada te tranquiliza. Pero me has creído.
            —¿Y qué si lo hice? —preguntó el hombre.
            —Nada... tu gusto por la violencia ya me alimentaba antes, ahora lo hará de un modo más directo.
            —Cállate anda, has estropeado la noche.

            El muchacho caminó hasta el revolver y apoyó la cabeza en el cañón.

            —Bueno, no soy yo el que ha sacado un arma —dijo el muchacho.
            —Puedo preguntar ahora yo algo.
            —Lo has afirmado, pero... pregunta —la cara aniñada mostró una sonrisa.
            —Si tan fácil te resulta tentarme o tan bien me conoces... ¿Cómo no supusiste como reaccionaría?
            —Sí —deslizó su mano sobre el cañón taponando la salida y lo apartó de su cabeza—. Dispara, no tienes que perder.

            Una fuerte deflagración resonó en la estancia. Para asombro del hombre el muchacho salturreaba en el sitio aferrándose la mano con la otra mientras le soplaba.

            —Escuece... je, je, je —luego comenzó a reírse.
            —¿Qué... qué es lo que quieres?
            —Bueno, tu alma, pero también necesito de tus contactos. Te he contado la verdad lo cual tiene el coste de tu alma, que como sabrás es energía que ya se perdía. Pero por tus contactos... ahí es donde se inicia la negociación.
            —Comprendo —atinó a decir todavía boquiabierto el hombre.
            —Este es el trato: tú te piensas que me pedirás y yo me dejo aquí una carta con el uso que voy a dar a tus contactos.

            El muchacho pronunció unas palabras y tras un destello desapareció de la estancia. El hombre se llevó la mano libre a la cabeza y entonces se percató de que tenía entre los dedos un trozo de papel.

            No debía volver a fumar tanto.

jueves, 20 de enero de 2011

Duelos I

            Los pulmones le ardían. Podía notar cada uno de sus tendones se quebraba. Tanto él como su adversario jadeaban empapados en una mezcla de sudor y sangre.


            Destinó unos segundos a mirar a su alrededor. El que hasta hacia poco había sido su Kaudillo yacía empalado por una pesada espada de dos manos. Bajo él, un general que poco había podido disfrutar de su victoria. El resto de su peña estaba muerta o se desangraba entremezclada con los marines del capitulo.

            Respecto a él mismo, tenía cortes leves en los brazos, seguramente algunos moratones en el pecho causados por la armadura que lo protegía de los disparos de los bolter, un colmillo partido y lo que parecía una llama en su pecho debía ser una costilla rota. Poca cosa.

            Su rival se había desprendido de su yelmo, tenía una ceja abierta que sangraba y lo obligaba a parpadear con frecuencia. Por lo demás solo se veían desconchones en su armadura.

            Miró su arma, ya no tenía filo y el asta rompería en un par de envites. La dejó a un lado, saqueó el escudo de un marine muerto y se irguió a la par que desenvainaba.

            —Vamoz enlatado, acabemoz con ezto.

            El hombre miró por encima de su hombro, el campo de batalla estaba cubierto por los cadáveres de ambos bandos y solo algunas escaramuzas proseguían. Nadie se llevaría una gran victoria a casa, pero no podía permitir que los pieles verdes ganasen un solo ápice de terreno. Se apoyó en su rodilla para levantarse y se lanzó contra el imponente orko.

            La carga del marine fue detenida por el escudo, la rebanadora dio un largo puntazo para ser detenida por la pechera de la armadura. Una potente patada hizo trastabillar a la mole verde, para que la pistola del marine acudiera en busca de su cabeza, el tiempo se ralentizó y el arma chasqueó descargada. Un potente tajo descendente cercenó la mano del marine y otro ascendente, sin estilo pero de gran fuerza, hundió la rebanadora en el costado del marine. 

            El dolor bloqueó al hombre y la sangre que manaba espoleó al orko. Cogió el escudo con ambas manos y golpeó repetidas veces al marine en la cabeza con su canto. Este se desplomó de espaldas sufriendo espasmos mientras una espuma escarlata manaba de su boca. Las correosas manos del orko corrieron a romper su cuello, luego recuperó su arma del costado del hombre. 

            La mole verde decapitó al general enemigo, trepó hasta lo alto de unas rocas y bramó reclamando la victoria para la horda.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Metajuego

            La cueva se abría fría y oscura frente al grupo.

            —Puedo entender que en su demencia adoren a dioses malignos, invoquen demonios y levanten zombis... pero ¿Por qué siempre elijen sitios así para montar sus cultos? —preguntó el hombre rubio.
            —¿En serio te parece más razonable vender tu alma a un ser hecho de pura maldad que vivir en una cueva inhóspita? —contestó el cuarentón.
            —La verdad es que, como escondite, es el clásico sitio que mirarían primero los buenos... como vos… nosotros —intervino el embozado.
            —Creo que el chico tiene razón, siempre buscan estos lugares... y lo peor es que siempre están llenos de bichos que huelen mal —añadió la mujer hermosa.
            —Sectarios... espero que, como de costumbre, tengan todos sus bienes encima, así podré comprarme una taberna donde emborracharme tranquilo —sentenció el hombre musculoso.

            El grupo entró, repartió unos mamporros, detuvo el ritual en el último momento y salió de la cueva cargado con un montón de trastos que brillaban.

            —Hoy los dioses nos acompañan —enunció feliz la mujer hermosa.
            —Nos apoyan porque nuestra causa es justa —sentenció el rubio.
            —Lo que nunca entenderé es porque con ese par de placas vas tan protegida como el... —intervino el embozado señalando a la mujer y al rubio—. Y yo tengo que desplegar mi destreza felina para que no me alcancen.
            —Creo que la solución al dilema esta en el fondo de un barril... vamos, hoy las meretrices las paga tu compañero —dijo el musculoso mientras empujaba al embozado.
            —Tranquilos... yo estudiaré que hacen esos objetos, como no tengo genitales... —bramó enfurecido el cuarentón.
            —Y, ¿que hay del amor? —preguntaron desasosegados la mujer y el rubio.
            —Pagaré las meretrices para lo tres. No hay problema —afirmó el embozado.
            —No sé como lo haces, pero siempre estás boyante —dijo intrigado el cuarentón.
            —Es que, pese a lo evidente, no me importa. Vamos a beber y fornicar, anda —sentenció el musculoso.

            Los aventureros dilapidaron su tesoro en putas y alcohol. Mientras estaban resacosos, los virtuosos los encomendaron en la siguiente aventura... algo de una cueva, un dragón y una princesa...

            —Y esta vez nada de meterle mano a la doncella —reprendió el rubio al musculoso.
            —Claro, como tú no eres el que acaba apresado en las mandíbulas del dragón... —repuso el musculoso.
            —¿Donde está el chico? —intervino la mujer hermosa.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

369

            Deslizó sus pálidos dedos por sus labios perfectos, negros como la noche. Arrastrando las uñas lentamente, también negras y levemente largas. Frotó sus dedos con el pulgar mientras con sus hermosos ojos negros miraba atento el gesto. Devolvió la mirada a su interlocutor y esbozó una sonrisa perversa.
            —Crees que me tienes, pero sigo siendo más listo que tú.
 
            Separó los labios mostrando las perlas que formaban su dentadura, casi brillaban con la abundante luz de la estancia. Humedeció su labio superior lentamente mientras entornaba los ojos.
            —¿Y que harás? Estás lejos de tu hogar, aquí no eres tan fuerte y la prisión te mantiene anclado.
            —Sigo pudiendo pensar —deslizó su mano por su larga y lisa melena para colocarla—. Hablar y lo más importante... ganar.
            —Permíteme que lo dude, nadie vendrá a rescatarte. En poco tiempo nos habremos alejado sin vuelta atrás —se concedió un sonrisa triunfal—. No demonio, hoy tu ingenio no te librará de tu destino.
            —Eso lo veremos —dijo acercando su cara a los barrotes de la jaula.

            Asimilard se sentó en el suelo apoyándose en los barrotes opuestos, apretó los nudos de sus botas, estiró los brazos aferrándose con fuerza y se puso de pie rápidamente. Comenzó a chascar los dedos marcando un ritmo rápido y a tararear una melodía que solo estaba en su cabeza.

            —No te molestes, ahí no tienes espacio.
 
            Tamiel cruzó sus brazos sobre el pecho. Era una figura imponente. Su piel, morena. Sus brazos, fuertes. Su armadura, brillante. Sus emplumadas alas lucían con una pureza sin igual. Giró sobre sus talones y observó la inmensa espesura de los bosques que se extendían a los pies de la montaña. Las marcas de la lucha que hacía poco se había desempeñado eran realmente tenues. Giró la cabeza y, con los ojos brillando de felicidad, vio la jaula abierta mientras el demonio bailoteaba de forma obscena, tomando su espada como pareja. Se volvió al instante mientras desenvainaba.

            —¿Como?
            —Bailando... y… el viento hizo volar el polvo de plata que sellaba mi celda.
            —Imposible, me asegure de que ni una gota de aire soplase.
            —La verdad es que es muy divertido —dijo tres rápidas vueltas sobre sí, terminado en pose erguida, humedeció su pulgar y luego froto un pezón de su pecho desnudo—. Así.
            —Si ni siquiera as levantado el polvo que pisas...

            Asimilard sonrió pícaramente, y entre dos de sus dedos mostró una larga pluma manchada de plata.
            —Como decía, bailando y con ayuda del viento.

            El ángel miró a su alrededor, durante la pelea había perdido algunas plumas de sus alas que, al no haber viento, permanecieron en su sitio. Por ser suyas podían cruzar el escudo mágico y usarse para borrar los símbolos que lo cerraban.

            —No importa, demonio, tendré que entregarte muerto.

            El filo de plata se envolvió en llamas de luz y cargó a por el demonio, quién colocó sus pies en guardia y la cerró con su espada envuelta en un humo gélido.
 
            Tamiel, era mucho más hábil que él con la espada, nunca podría derrotarlo en una lucha igualada y menos tan alejado de su fuente de poder. La mente de Asimilard funcionaba como un rayo mientras sus manos desviaban un sin fin de estocadas y cortes que lanzaba el incansable.

            El bastardo brincó sobre una roca alejándose de su oponente. Cerró un instante los ojos y de su espalda brotaron alas de murciélago.

            —Me lo concederás, así será más igualado.
            —Adelante, si crees que con eso tendrás alguna posibilidad.

            El demonio saltó para atrás dando una impresionante voltereta y quedó suspendido en el aire moviendo sus alas, bajó la espada y llamó al ángel con dos dedos. Éste, sin pensarlo, se impulsó hacia delante con una fuerza imparable, a la par que daba un giro con su hoja directo al cuello de su adversario quien se dobló como una serpiente mientras que con su rodilla golpeaba la ingle del ángel volviéndolo contra el suelo. Antes de estrellarse, el incansable se retorció en el aire y aterrizó frenando con los pies. Hechó una mano a tierra y se incorporó. Un rizo dorado brillaba en su frente.

            —Sabes que a diferencia de ti, ese no es un punto débil.
            —Si, pero yo tendré hijos.
            —Déjame que lo dude.

            El bastardo aleteó unos metros para ascender.

            —Acabemos con esto, santurrón.
            —No sabes cuantas ganas tengo.

            Tamiel aferró con fuerza su espada y se lanzó a la carga con un potente grito, pero se dio de bruces contra una fuerza impenetrable. Lanzó una fiera tanda de cortes para solo conseguir quebrar su filo. El incansable miró sorprendido los restos de su fiel espada mientras caían sobre el vacío. En ese momento noto como un cruel y helado acero lo atravesaba de parte a parte por la espalda.

            —¿Cómo? ¡Asimilard! —dijo sin fuerza en la voz mientras un hilo de sangre corría por sus doradas mejillas.
            —Pensando a lo grande, toda la montaña estaba encerrada en una cúpula.
            —¿Por qué, te dejaste atrapar? —mientras aferraba la hoja que salía de su pecho y una lágrima caía de sus ojos.
            —Solo fue un cebo.
            —No, no es justo... esto no debe acabar así. 
            —Tampoco nuestra existencia lo es hermano.
 
            Giró el acero en las entrañas de su sangre y lo extrajo con un gesto seco. El cadáver sin vida cayó sobre la montaña, y allí por donde la sangre pasaba la vida brotaba con fuerza, mientras en el horizonte las nubes cerraban la luz del sol dando paso a un infinito invierno.

            Asimilard tomó tierra junto a su hermano, limpió su hoja, la devolvió a su vaina y se marchó caminando. Ahora el sería el soberano.

jueves, 15 de abril de 2010

Tierra Muerta.

            —¡Brutal!
            Nítido, alto y con esa voz aguda que le caracterizaba. Gabriel giró la cabeza para mirar sobre su hombro al muchacho, apenas superaba la quincena y aparentaba menos. Medía menos del metro setenta, flaco como un saco de huesos, con un brillo de inocencia en sus ojos y la envidiable habilidad de sorprenderse por todo.
            Por su parte Gabriel era un hombre fornido, no aparentaba gozar de una buena forma física pero sí tenia un buen fondo. Hundió sus gruesos dedos en su pelo graso y negro, bajo su sombrero. Se giró y recorrió la distancia que los separaba con unos pasos. Como todo en él, sus piernas eras grandes y gruesas.
            Desde su imponente altura y con los brazos en jarras se encaró al muchacho y sonrió de lado mientras mordía una regaliz. Desde que había dejado de fumar siempre iba con una entre los dientes.

            —¿No te dije que no te bajases del coche?            —Técnicamente no lo he hecho —había salido por la ventanilla y ahora se sentaba sobre el capó del coche desvencijado.
            El hombretón se giró de nuevo dando un manotazo al aire, volvió hasta el borde del paso y apoyando una pierna sobre una barra de la barandilla se recostó con los codos en ella.
            La vista era magnifica, desde ese punto se veía el valle entero, un río lo cruzaba con un hermoso verde en sus lindes. Quedaban pocos lugares así en el mundo.
            Suspiró con fuerza cerrando los ojos para grabar en su memoria el lugar, le entristecía no poder conocer aquel mundo verde y azul del que sus abuelos le hablaban. Volvió al coche, aún tenía mucho que recorrer y todavía no habían parado para comer.

lunes, 26 de octubre de 2009

La Sonrisa del Arlequin I

I

            Los ojos de Alai-Cieln Naibel Dorin miraron fríamente a los mon-keigh capturados, la mayoría bajó la mirada, uno de ellos la mantuvo firme e impasible, desafiándole. Un segundo no apartaba los ojos de este primero. Finalmente, la pareja de marines lo miraron con odio.
 
            Alai-Cieln caminó frente a ellos lentamente, buscaba que grabaran en sus retinas su aspecto. Alto, fuerte, con una larga melena dorada que caía sobre sus hombros, ojos azules, delicadas cejas que se contraponían a lo aguzado de sus pómulos. Su boca era pequeña con labios finos y pálidos. Sus dedos eran largos y por ello parecían más huesudos de lo que correspondería a un Eldar de su constitución. Vestía una túnica bastante escueta que mostraba su pecho, le encantaba mostrar su espléndida forma física, y calzaba unas simples chanclas.

            Se detuvo frente a los marines. Aún en condiciones normales tendrían que mirar para arriba si quisieran mirarle a la cara, pero ahora los habían despojado de sus armaduras y los mantenían de rodillas con las manos inmovilizadas a su espalda.

            Alai-Cieln no alcanzaba a comprender la totalidad de los planes del vidente Alai-Fennairm pero había salvado las vidas de los mon-keigh en aquel planeta infestado de orkos, por ello ahora una cantidad ingente de vidas de esa raza se encontraban abordo. Lo único que le encontraba un valor estratégico era esa precaria navecilla donde habían llegado los marines. Pero Fennairm veía mucho más allá del común de los Eldar. Cieln podría urdir un plan intrincado pero no sabría de los giros del destino, así es que con los años había aprendido a confiar en cierto grado en sus intrigantes consejos.

            Le mantuvo la mirada unos momentos y se dirigió al marine en un Gótico rudimentario:

            —No hablo bien tu idioma, pero espero que comprendas esto.
            —¿El qué? escoria xenó —interrumpió el marine–. Que sois unos caprichosos, Fingís salvarnos para luego apresarnos, no xenó, a mi no me engañas —el enorme hombre se había incorporado.
            —Lo que veo es que tu mente esta confuso... perdón, confusa. Si quisiéramos veros muertos nos hubiéramos limitado a mirar como moríais patéticamente frente a esos orkos. Sin embargo, pagasteis nuestra ayuda con fuego de… daka daka... —el marine, preso de la rabia, trató de abalanzarse sobre el Eldar, pero el guardián que lo vigilaba lo obligó a clavar la rodilla en el suelo.

            Alai—Cieln sonrió disfrutando de la situación.

            —Suelo confundirme con el bolter de los orkos, son tan rudimentarios ambos —hizo una pausa—. Es evidente que no queréis negociar, ni entrar en razón. Miró al Eldar que los mantenía de rodillas—. Llevaos a esta escoria —dijo ya en Eldar a los guardianes.

            Cuando sacaron de la sala a los campeones del Emperador Alai-Cieln se dirigió al otro mon-keigh que mantuvo la mirada. 

            —Dime, humano, ¿también piensas que disparar contra tus salvadores era una buena idea?
            —No, al menos desde un punto de vista táctico.
            —Bien, supongo que como militar sabes lo que es obedecer órdenes.
            —Supones bien, xenó.
            —¿Tanto te cuesta pronunciar Eldar, mon-keigh? El idioma de tu raza es tan burdo y sencillo que muchos lo aprendemos como parte de nuestras sendas de la guerra, como el orko. Sencillos y carentes de vocabulario. Con la infinidad de razas que habitan la galaxia, solo tenéis una palabra... así nunca... —Dijo con fingida molestia en tono paternal.
            —Para xenó, soy tu prisionero, no alguien al que puedas aleccionar.
            —Magnífico, perspectiva... ¿quieres que vaya al lunar?
            —Se dice grano, xenó. Y sí, es lo que quiero.
            —Bien, como dije, sigo órdenes. Debes elegir quien vive y vuelve al imperio.
            —¿Donde esta la trampa xenó?, si fuese así diría que todos.
            —Puedes elegir entre los civiles, los marines o tus hombres. Si no hubieseis abierto fuego... tantas vidas malgastadas... —dijo ahogando una mezcla de furia y dolor—. Ahora mismo estaríais en Terra rezándole al emperador o esas cosas que hagáis los mon-keigh.
            —Ni los civiles ni la guardia son responsables de esa acción. 
            —Y... ¿los marines aceptarían que sus acciones condenaron a todas esas vidas? —preguntó Alai-Cieln con tono de saber la respuesta.
            —Ellos no las valoran del mismo modo, creerán que murieron por el emperador.
            —Entonces... ¿sacrificarías a los marines?
            —No puedo elegir... son demasiadas vidas... —el hombre bajó la mirada con aire derrotista.

            Alai-Cieln se irguió al ver entrar al vidente Alai-Fennairm. Este le habló en su idioma natal.

            —¿Que han elegido?
            —No se ve capaz.
            —Solo necesito unos pocos, ofrécele el sacrificio personal.
            —Como gustéis mi vidente.

            Alai-Cieln posó la mano sobre el hombro de aquel hombre.

            —Hay una opción de que salves a todos.
            —Realmente sois perversos, nos engañáis para que aceptemos vuestros planes... no me engañas, pero si con ello los salvo... —tragó saliva—. Quiero tu palabra Eldar.
            —Tú y un grupo de voluntarios os quedareis aquí. Tienes mi palabra, seréis mis invitados —dijo con un tono frío como el hielo.
            —Cuente conmigo mi señor —se apresuró a decir el joven que lo observaba. El hombre sonrió frente a la fidelidad del recluta, cerró los ojos y asintió con la cabeza levemente.

            Alai-Cieln hizo un gesto a los guardianes para que los soltasen. Luego tendió una mano al hombre.

            —Mi nombre es Alai-Cieln Naibel Dorin, Y estás abordo de una astronave del mundo de Alaitoc.