miércoles, 15 de octubre de 2008

La herencia perdida II

Capítulo 2: No quiero seguir solo
Día 1

Tras unos días de viaje las imponentes murallas de granito del corazón del reino se elevaron ante Grimor. La enorme ciudad construida en una leve elevación del terreno situada cerca de los márgenes de los bosques de las fatas y los frondosos bosques de las tierras del sur. Se alzaba indiferente la bautizada como Neitbodk. Pese a ser una capital de reino apenas contaba con una pareja de gruesas murallas defensivas, construidas con el mejor granito que pudieron dar las minas del reino; en su centro se alzaba, arrogante frente a las barriadas que lo rodeaban, el palacio real. Allí dentro se guardaban los tesoros del reino, una de las mayores bibliotecas del continente y un buen rey, también el déspota de la ciudad. Los vistosos pendones y banderas decoraban la fortaleza siendo el complemento perfecto para el vistoso uniforme de la guardia del castillo, toda la estructura se hallaba decorada con grandes losas de mármol blanco, pulido hasta que brillaba con la fuerza de las estrellas. Cuando se veía éste en el horizonte una sensación de profundo respeto invadía al viajante.

Aquí podría reunir un grupo de aventureros con los que partir en busca de las reliquias que le permitieran reclamar el liderazgo del clan. Nada más cruzar las puertas de la ciudad, un fuerte olor a especias se clavó en sus fosas nasales, produciéndole una extraña sensación de nauseas y dulzura en el paladar que terminó por abrirle un terrible apetito. La ciudad rebosaba vida, los mercaderes exhibían sus mercancías, jactándose de su calidad mientras el bullicio recorría los callejones que formaban los tenderetes, y una miríada de olores, colores y sonidos se fundían en el bullicioso día. Más tarde, preguntando, descubrió que se trataba del mercado conmemorativo del nacimiento de un gran rey del pasado.
-¡Ja! Piensa que tus gentes harán lo mismo si juegas bien tus cartas. -dijo alegremente la espada en la mente de Grimor
-Zer amado por tuz vazallos debe de zer muy reconfortante, pero me zigue dando vértigo el no zaber zer buen líder, nezezitaré muchoz consejeros, y mucha zabiduría.
-Me tienes a mí, ¿qué más consejeros, o sabiduría necesitas?
-No quiziera zer un zer malvado y dezpótico…
-No lo serás, por tus venas fluye la sangre de uno de los más grandes líderes. Pero si no sabes usar el poder, no sabrás disfrutar tu herencia. Sé su líder, guíalos a la victoria con puño de hierro y serás recordado y amado durante eones.
-¡Jamáz!, no me impondré.
La espada suspiró y guardó silencio. Mientras, Grimor recorría las abarrotadas calles de la ciudad en búsqueda de algo que se pareciese a lo que por el momento era su ideal de aventurero. Un joven elfo, de estatura media, con su melena decorada con una par de trencitas hechas con el flequillo y unidas en una coleta en la nuca por un delicado broche, vestido de buena manera, con unos delicados ropajes de seda roja, adornados con delicadas inscripciones bordadas en plata rebuscaba despreocupado entre un montón de pergaminos de saldo algo que fuera de interés, deslizando sus enjoyadas manos entre los pergaminos y tomos viejos. Cuando el pseudo mago terminó y pagó con platino los pergaminos y los gastados tomos que seleccionó, Grimor no dudó en el hecho de que podía ser un valioso aliado, o compañero de andanzas, así que ni corto ni perezoso se acercó a él:
-Oye, ezto, elfo… kería zaber si eraz un buen, mago o zólo un elfo con dinero… o que pretende aparentar tener dinero… bueno, puez ezo, dime ¿Qué erez?
El elfo arqueó una de sus finas cejas mientras dejaba que su lengua chasqueara al quedar medio boquiabierto.
-He de suponer que sois un bárbaro de las lejanas tierras del norte, más allá da las tierras abandonadas y donde nunca se va el invierno.
Exhaló un suspiro y arqueó la otra ceja mientras deslizaba su lengua por sus blancos y perfectos dientes, para continuar:
-Sí, soy un mago, y creo estar en condiciones de añadir el adjetivo bueno, y poder además exaltarlo con la palabra “muy“.
Tras esto clavó sus profundos ojos verdes en los rojizos de Grimor.
-Supongo que eso sabrás ponerlo en orden.
A lo que Grimor torciendo la boca y en un correctísimo común dijo:
-Sí, conozco el orden lógico de esas palabras; sí soy un bárbaro, pero no soy de esas lejanas tierras, en realidad provengo de un lejano plano de la existencia llamado Dreigond, donde fui criado por mi familia en el arte de la lucha y supervivencia. No en el de la magia y la política…
El elfo se desencaró asintiendo para devolverla mirada al puesto de libros mágicos, tras unos segundos giró sus ojos y mirando de lado al rostro del semiorco. Despegó lentamente los labios:
-Bien, si no se os ha educado para tener cortesía, no será algo que os pida, pues no espero que me pidáis grandes conocimientos de supervivencia. Respecto al tema de las habilidades, he de mencionar el grosor de mi colección de hechizos, y mi facilidad para recordar gran cantidad de ellos al día. ¿Así satisfago vuestra duda?
Grimor se irguió para mostrar toda su altura hinchando el pecho, y dejó ver una de sus mejores sonrisas.
-Pues mi habilidad con el hacha es tal, que pocos son los que se han enfrentado a mi y han sido capaces de sobrevivir sin estar mi piedad por el medio.
Tras esto tendió la mano y con una voz llena de orgullo dijo:
-Grimor Bloodfits, único heredero digno del clan Bloodfits y único que lo reclamará y obtendrá.
El elfo mostró sorpresa, fingió abnegación cerrando sus ojos y estrechó la mano del bárbaro:
-Al´elthanor Berind´duem Ortheim del bosque de las fatas, aunque apenas viví allí una veintena de años en mi niñez. Maestro de la escuela de evocación, en esta ciudad. Y ex aventurero retirado… como veis, mis metas son mucho más mundanas, aunque supongo que vos tenéis menos tiempo que dedicarle al perfeccionamiento de el arte.
Grimor selló el saludo con un apretón de manos, seguido de un gesto para ponerse en camino:
-Buzquemoz un sitio donde hablar, necezitaré de un mago veterano, para miz andanzas. Y no zé, yo domino el arte de la ezgrima… pero el arte… no ez ezo verdad.
-No, mi incorregible amigo. Si me lo permitís, os llevaré a una taberna donde suelo ir a descansar mis ojos tras largas horas de estudios. No es muy lejos y tienen unos cómodos asientos donde podremos charlar durante horas. Y así me contareis como hicisteis para llegar a este plano.

La pareja caminó por las sinuosas calles del barrio bajo hasta que las casas pasaron de ser de madera a ser de piedra y los letreros comenzaron a crecer en número, los nombres de los gremios se anunciaban a los cuatro vientos. Finalmente llegaron a un edificio construido en granito blanco y adornado en mármol que brillaba con la luz del sol. Cuando entraron en el ricamente decorado recibidor, un joven se ofreció para guardar los bártulos. Y pese a las quejas de la espada, Grimor decidió jugar con las reglas del elfo… aun así, sus puños eran más que suficientes como para evitar que conjurase.

Al poco, la conversación se volvió alegre y dicharachera, ambos intercambiaron historias de sus aventuras, enemigos derrotados, amores perdidos y sueños inalcanzados. Sorprendentemente para ambos, eran unos soñadores empedernidos, y no tardaron en crear un buen lecho para una futura amistad. Tras esto Grimor explicó su búsqueda y por qué necesitaba un buen mago. Al´elthanor, algo animado por la bebida y las renacidas ganas de aventura, aceptó ayudarlo en su cruzada. Pero no sabía quién más podría ayudarles… lo único claro era que necesitarían a un clérigo, para poder recibir curación mágica, además de la bendición personificada de algún dios. En este punto ambos coincidieron, pero ya era tarde para ir a buscar a nadie, así que siguieron conociéndose más y más. Trabando una peculiar amistad.

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